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Los editoriales de las últimas semanas han resultado duros. Como también lo han sido los comentarios que han suscitado. Y es lógico, porque la situación del país es más bien agria. Por ello el editorial de hoy será como un pararse un momento para pensar sobre un valor y una actitud que siempre son necesarios para rehacerse y para continuar el camino. Un editorial que al pronto puede sorprender y extrañar. Que puede, incluso, parecer una meditación religiosa. Y, para algunos, lo puede ser, pero que también es una meditación laica y que tiene una intención y unos destinatarios mucho más generales. Es una reflexión sobre el deseo de vivir y de ser. En todo caso, una pausa para la reflexión serena nunca está de más.
No hablaremos de la Pascua desde la perspectiva religiosa. Para quien escribe este editorial Pascua significa ‘Resurrección de Jesucristo’. Pero no pretende que para todos los que lo leerán tenga exactamente el mismo significado. En cambio, sí que para todos puede ser valido el comentario siguiente:
Las religiones pretenden dar respuesta a interrogantes muy íntimos y sustanciales de la gente. De las personas. Que afectan su razón de ser. Las religiones, las filosofías, las concepciones del mundo y de la humanidad. Y una gran parte de ellas lo hacen teniendo presente el ansia de vivir de las personas, el ansia de ser y de existir, y de hacer y de crear. Y, por lo tanto, también el ansia de perpetuarse, de proyectarse más allá de uno mismo. Ya sea en el recuerdo, en la obra creada o en la descendencia. O, algunos, en la inmortalidad. Y en todo caso, en el rechazo de la muerte. De durar, de no desaparecer un buen día engullido por un túnel o un subterráneo. Todo esto es humano.
Resulta lógico, pues, que hombres y mujeres, tanto individualmente como en el marco de hechos colectivos que los agrupan y les proporcionan aquellos sistemas de relación que facilitan el propio desarrollo –ya que la necesidad de la comunicación está en la esencia del ser humano– sientan la necesidad de un impulso vital, constantemente renovado, que les ayude a contrarrestar la usura, el desgaste, el debilitamiento. La amenaza de la nada.
La Pascua cristiana es una respuesta a esta demanda. A este deseo de querer ser. La Resurrección significa el triunfo de la vida. Significa la renovación del espíritu vital.
Otras religiones o filosofías dan respuestas diferentes. Una respuesta de invitación a la indiferencia, a la pasividad, a la resignación. Pero no es el caso de las religiones y de las filosofías del mundo occidental. Desde la religión de los griegos (y tan sólo releyendo La Ilíada se ve claramente) hasta las modernas sectas protestantes americanas vivir, y vivir con plenitud, y vivir con ansia de futuro y de grandeza, es un común denominador.
Todas tienen una versión propia del espíritu pascual. De la mentalidad vitalista. Todas tienen una versión propia de la Resurrección. O usando un lenguaje más laico, todas las filosofías occidentales tienen una versión propia del Resurgimiento. Todas manifiestan ganas de vivir.
En todo caso, los humanos tenemos derecho a extraer de todas estas propuestas un potente optimismo vital y creativo. Una razón de ser y de esperar. La convicción de que los hombres y las mujeres y los pueblos estamos destinados a hacer el trabajo que nos toca hacer en el lugar y el tiempo que la historia nos ha asignado. Y de que no podemos dejar esta tarea a medio realizar por desánimo o por decepción.
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Todo esto puede parecer extraño a los lectores habituales de estos editoriales. Quien los escribe no puede sustraerse de su particular visión del mundo. Que no pretende imponer a los otros. Pero en aquellos aspectos comunes a otras visiones también vitalistas, también prometeicas, también reacias al fatalismo podemos invitar a todo el mundo a la confianza, a la serenidad y al activismo, a la lucha contra todo lo que signifique renuncia y abandonamiento.
Y en todas las religiones y los sistemas filosóficos y visiones del mundo hay un momento de exaltación que reconforta. De sobresalto jubiloso. Hay un momento de Resurrección o de Resurgimiento. Pero también en el calendario de todas ellas después sigue un tiempo largo de trabajo diario. A veces ingrato. Pero que se puede llevar a cabo. En condiciones difíciles o fáciles, pero con el espíritu y la voluntad renovados y fortalecidos por un nuevo impulso de vida y de justificación de la propia razón de ser. Por un Resurgimiento moral.
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Volvamos al principio.
Catalunya ha vivido y vive tiempos difíciles. Y amenazadores. No es sólo su economía, o su poder político, lo que está en peligro. O lo que quieren arruinar. Es su espíritu.
Aquellos que así lo vemos lo debemos denunciar. Y debemos oponernos. Con toda nuestra energía. Y con realismo, como hemos dicho repetidamente: somos lo que somos y tenemos lo que tenemos. Tal vez tengamos más. O menos. Pero mientras nuestras ganas de vivir sean fuertes, nuestra inteligencia no se ofusque y no arrojemos al cubo de los desechos nuestro sentido del bien común, mientras nuestro instinto de querer ser, de querer vivir no se apague, mientras perdure nuestro espíritu de Resurgimiento, Catalunya puede ganar la batalla.