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¿Qué debemos hacer los catalanes?

Jordi Pujol
Editorial / 28 de Abril de 2009

No podemos limitarnos a hacer denuncias o a hacer diagnósticos severos de la situación actual. Hay que preguntarse qué debemos hacer.

Para esta pregunta puede haber tantas respuestas como individuos. O como partidos políticos. O como sectores sociales. O como grupos de reflexión. Todo el mundo tiene derecho a dar su respuesta. Y de hecho sería conveniente que mucha gente se hiciera la pregunta y se la contestara con espíritu de compromiso.



La respuesta no es fácil porque hay muchas incógnitas. De entrada, los interrogantes propios de la crisis económica y social. Muy generales, aunque aquí con características propias. Pero, sobre todo, no es fácil porque en el caso concreto de Cataluña hay muchas más incógnitas, y muy particulares.

¿Se podrá aplicar el Estatuto tal y como se aprobó? ¿Se podrán aplicar, por ejemplo, las cláusulas financieras que el Estatuto prevé? ¿Y cómo quedarán las competencias? ¿O las cláusulas lingüísticas? ¿Qué acción permitirá en el tema de la inmigración? ¿Permitirá en general una defensa eficaz de la identidad catalana?

¿O bien nos dará más capacidad de iniciativa para contrarrestar la crisis económica y social?

Por otro lado, ocurre también que la política y la sociedad españolas han virado en una dirección hostil para con Cataluña. Hostil para con nuestra identidad, hostil en lo que concierne a la creación de imagen y discriminatoria en cuestiones muy básicas de infraestructuras y de economía en general.

Y todo ello, repetimos, en un contexto general económico y social difícil.

En definitiva, el conjunto de estas actitudes configuran una situación peligrosa. Una situación que nos puede conducir a un retroceso económico y en general a una pérdida de peso, y al desdibujamiento como sociedad y como país. Y en todo caso, ahora, entraremos en una etapa nueva. Nada fácil.

Por lo tanto, ¿qué debemos hacer?

Ante todo, debemos ser realistas.

No quiere decir aceptarlo con actitud cabizbaja. No quiere decir esto. Quiere decir preguntarnos de qué disponemos, en primer lugar.


1.    ¿De qué disponemos?

Decíamos en el editorial del 17 de marzo (Actitudes y valores para una respuesta catalana): 

«Tenemos lo que tenemos. Es bien sencillo. Tenemos:

•    Una tradición económica sólida,
•    Una considerable capacidad de iniciativa civil,
•    Una voluntad y una experiencia de obertura internacional,
•    Sentido de identidad y voluntad de ser,
•    Una tradición de buena convivencia,
•    Una experiencia positiva de ascensor social,
•    Hemos tenido, y seguimos teniendo, pero con necesidad de reforzarlos, nuestros viejos valores del trabajo y el esfuerzo personal.

Tenemos lo que tenemos y somos lo que somos: un país presionado, pero de base sólida. Y es con esto con lo que debemos trabajar».

2.   Quiere decir también recuperar la confianza.

Todo este conjunto de activos nos ha permitido crear una economía moderna no solamente en el pasado, sino también en la actualidad. Somos el 19% del PIB español y el 28% de las exportaciones españolas. Y nuestras empresas siguen invirtiendo en el extranjero. Hemos hecho un cambio muy sustancial en el campo de la investigación. Hemos salvado la identidad del país –a pesar de  estar amenazada– y especialmente también la convivencia interna. Nuestros hospitales tienen un buen nivel europeo.

Pero este recuento y la confianza que podamos tener no nos han de ocultar que  como país y como economía vivimos un momento difícil. Y de riesgo. Por lo tanto, necesitamos sacar el máximo provecho de nuestros activos. No podemos malbaratarlos.

Tenemos activos, ciertamente. Pero para afrontar y superar la coyuntura que vivimos, por la presión que recibimos desde el exterior –para empezar, de España mismo– y por la que recibimos desde el interior de nuestra sociedad, vamos justos. Vamos justitos. No podemos malbaratar nada.

Y la realidad es que malbaratamos.

                    _______________________


En el momento de hacer recuento de activos, preguntémonos: ¿qué podemos esperar del Estado?

Poco. Al menos a estas alturas, poco. En todo caso, no lo que un país como Cataluña necesitaría recibir de su Estado para dar respuesta a los grandes y diversos retos que tiene. Y menos todavía para sacar adelante un proyecto de país realmente ambicioso. Y corremos el riesgo, incluso, de ser arrinconados, ya sea políticamente –y por lo tanto, de cara a las decisiones importantes–, ya sea geográficamente por la política de infraestructuras, ya sea por una acción sistemática de un fuerte déficit fiscal (el 9% añal de nuestro PIB). Y sucede, aún, algo más. Y es que si todo esto hace que Cataluña pierda posiciones la consigna en todas partes de España sea decir «es que no saben hacerlo», o «piensan demasiado en su cultura y en su lengua». Es decir, que den la culpa o bien a nuestra incapacidad o bien a nuestra identidad. Y de esta forma hieren gravemente nuestra confianza y nuestra autoestima.

La conclusión de todo esto es que deberemos valernos de nosotros mismos. Y sacar el máximo rendimiento de nuestros activos. Ello requiere mucha solidez y mucha consistencia internas. No requiere encerrarnos en casa en una versión enfurruñada de «Catalunya hacia adentro». Porque continúa siendo cierto que nuestro mundo es el Mundo, como decía aquel eslogan de la Generalitat de hace unos años. Pero ahora la principal prioridad es que los catalanes trabajemos bien. Y esto depende también, y mucho, de la política, pero depende muchísimo de la actitud general del país.

Depende de que la seriedad sea norma en el país. Decíamos en el editorial del día 7 de enero: «Ante todo debemos ser serios. Serios con el compromiso, con nuestro país y con nuestra gente, serios con los planteamientos, con coherencia, con sentido de responsabilidad. Por lo tanto, sin una gota de frivolidad, de ligereza o de temeridad. Con un fuerte sentido del bien común. Esto siempre es absolutamente necesario, pero lo es más en países pequeños y que luchan en condiciones difíciles».

La seriedad, tan sencillo como esto. No el espectáculo.

Depende de que la estética no se coma la eficacia. Somos un país que siempre se ha inclinado hacia la estética, como mediterráneos que somos. Unamuno ya nos lo advirtió «Levantinos, os pierde la estética». Duele que te lo digan, pero es cierto que es un peligro que nos acecha.

Depende de que si una obra pública necesaria se puede hacer en tres años por X millones de euros no se haga por dos veces X y en seis años. Y no por corrupción, sino por obstáculos, que todos nos ponemos de por medio.

Depende de que la cultura del no y el espíritu de protesta sistemática no dominen tanto nuestra vida pública. Porque esta es la causa de mucho retraso y mucho malbaratamiento. Y ya hemos dicho que sí, que tenemos recursos de todo tipo, pero en la coyuntura actual vamos justos. No podemos malbaratar ni tiempo ni dinero. Ni energías en la autocomplacencia.

Depende, naturalmente, de que tengamos un buen Gobierno y una buena Administración a todos los niveles.

Que actúen con eficacia pero sin sobredimensionamiento. Corrigiendo el defecto de sobrelegislar y sobreactuar (o pseudosobreactuar) que lo encalla y lo complica todo. Sin hacer ruido por el ruido. Respondiendo a necesidades reales y no a ganas de lucimiento y de protagonismo. No a la estética.

Depende, también, de que el país no se venda ni dé la sensación de que se venderá por un plato de lentejas. Porque el primer capital de un país es hacerse merecedor del respeto de los otros.


Depende de que seamos capaces de entender que ser catalán requiere un sobreesfuerzo. Siempre ha sido así. Un sobreesfuerzo de trabajo, de iniciativa, de creatividad. Y de civismo y de ilusión por el bien común. En realidad, de patriotismo. Y no debemos quejarnos, porque esta fue la grandeza de la Cataluña moderna.

Trabajando desde la propia solidez interna. Así se creó en Catalunya un clima positivo e ilusionado. Que nos produjo éxito y nos hizo sentir orgullosos de ser catalanes.


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