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Las perspectiva de como puede acabar la actual situación de impás político e institucional que actualmente vive Catalunya son muy preocupantes. Tanto en lo que concierne a la financiación, como al conjunto del Estatuto, como a la situación en la que quede situada Catalunya dentro de España. Cabe añadir la crisis económica y social, que son problemas de base diferente, aunque también se involucran en la cuestión política y nacional.
Si las previsiones negativas se confirmaran, se confirmaría también lo que hemos mencionado en anteriores editoriales: que el modelo de involucración no tan sólo política sino también estructural de Catalunya en España sobre el que se havia basado la acción pública catalana desde el final de franquismo –y en ciertos aspectos incluso un poco antes– se ha agotado. Y que el planteamiento que ahora prevalece en España recula hacia conceptos y políticas contrarios a la aceptación de una realidad colectiva diferenciada como Catalunya. I que abiertamente o subrepticiamente intenta ir borrándola.
Si estas previsiones se confirmaran seria lo bastante grave como para que Catalunya tuviera que dar una respuesta política potente. No solamente para protestar, sino para dejar abierto el pleito. Es decir, para que quede claro que la reivindicación como país se mantiene. Pero proponer lo que hay que hacer en el terreno político e institucional no es tarea de estos editoriales. Es tarea de las fuerzas políticas del país. Que esperemos que en esto encuentren un buen apoyo en el conjunto de la sociedad.
Esto –que será necesaria una reacción política que rechace de lleno cancelar el pleito de Catalunya con fuerte pérdida– debe quedar muy y muy claro.
Una vez dicho esto, hay que insistir en el trabajo que el país debe hacer con lo que tengamos. Con todo aquello que no les será tan fácil de quitarnos porque reside en nuestra intimidad personal, pero también colectiva, es decir, en la intimidad de nuestra sociedad. También intentarán desmenuzárnoslo o condicionárnoslo. En estos momentos se rumorea que quieren hacer una nueva Llei de Caixes que iría en esta dirección y sería muy grave y perjudicial. Esperemos que el Govern de la Generalitat y también CIU lo puedan evitar.
Pero de cualquier forma hay activos importantes que podemos defender bien. Ya los hemos enumerado en más de una ocasión (editoriales 17 de marzo y 28 de abril). Con estos activos bien utilizados podemos avanzar mucho. Bien utilizados, repetimos.
Quede claro que esto no es una invitación a la rendición como país. Como proyecto de país. Realismo no significa rendición. No es una invitación a la pura gestión ni a la renuncia de la política. Ya lo he dicho anteriormente. La reivindicación deberá quedar abierta y en todos los terrenos deberá actuarse también políticamente. Pero además el país deberá trabajar en el día a día con ambición y energía.
Sabiendo que vamos justitos. Justitos de dinero, y justitos de tiempo, y justitos de poder político. Por lo tanto, como vamos justitos, no podemos malgastar ni podemos dejar de utilizar ninguno de los recursos de los que disponemos. Y entre estos recursos figura nuestra sociedad civil.
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No somos unos admiradores descuidados de nuestra sociedad civil. Conocemos sus limitaciones.
Y hemos repetido más de una vez que no se puede sustituir la acción política. Que ella sola puede hacer mucho trabajo, pero que no puede rematar gran parte de los proyectos sin el soporte o el impulso de la política. Pero repetida esta observación por enésima vez, digamos que entre los activos de Catalunya hay una sociedad civil importante, que en el pasado ha jugado papeles muy importantes y decisivos para el conjunto del país. Y que ahora debe volver a hacerlo.
Pero hay que ayudarla. Pero sobre todo no hay que ponerle piedras en el camino. Y se le ponen.
Se le ponen con el uso exagerado del freno administrativo. Con la hipertrofia burocrática. Con la sobre legislación y la sobre (pseudo) actuación que impulsa el mundo político y administrativo.
Se le ponen con las ganas del mundo político de querer controlar más de lo que el bien común reclama. Y frecuentemente hacerlo con espíritu clientelista y sectario.
Se le ponen haciendo más difícil en Catalunya que en muchos lugares de España que se pueda abrir una empresa nueva, por modesta que sea.
Y al país en general, y no sólo a los particulares, se les perjudica si las obras que deben durar X años y Y millones duran el doble de años y el doble de dinero. Si se da rienda suelta al país hacia la italianización (con Casta incluida. Referencia al editorial sobre la Casta).
Si cualquier petición no de gente necesitada sino de criaturas malcriadas, que a menudo les sobra de todo o que se creen que al país le sobra de todo (y ahora ya no sobra de todo), obliga a encarecer, atrasar o suprimir proyectos necesarios.
Requiere también unos medios de comunicación responsables. La libertad de expresión y la de opinión son intocables. Y es lógico que los haya de todo tipo, también prensa amarilla. Pero debe haber un volumen importante de medios para los cuales lo más fundamental no sea tan sólo la confrontación y el espectáculo. Capaces de ofrecer información con un buen nivel de objetividad. Y naturalmente honesta. Y constructiva.
Se nos dirá que necesitamos muchas cosas. Que pedimos mucho. Pero es que para Catalunya no es el mejor momento. Y no tenemos demasiados instrumentos. Ya lo hemos dicho, vamos justitos de dinero, de poder y de tiempo. Por lo tanto hay que allegarlo todo. «La fiesta ha terminado», decía aquel corresponsal británico. Y tenía razón. Lo decía con referencia al conjunto de España, que todavía no se han dado cuenta del todo. Pero también vale para Catalunya. Que tiene handicaps añadidos, pero que tiene una ventaja: estamos acostumbrados a salir adelante con el propio esfuerzo.
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Y un último comentario: todo esto requiere que el poder político actúe bien. Requiere un buen gobierno. Y una clase política con sentido del bien común.