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Tiempos difíciles

Jordi Pujol
Editorial / 12 de Mayo de 2009

Tres crisis... y un cambio.

Tiempos difíciles porqué tenemos tres crisis acumuladas: la económica y social, la nacional y la política.



1. Que hay crisis económica es bastante evidente. Afecta el sistema financiero y también lo que se suele llamar economía real, es decir, las empresas, y, por lo tanto, la ocupación y la capacidad de consumo. Y crea situaciones realmente difíciles, a menudo angustiantes. Con el agravante de una opción bastante general y es que en España esta crisis puede durar y puede ser profunda, sobre todo en lo referente al paro. Y puede provocar pérdida de tejido industrial empresarial, sobre todo industrial, pero también de servicios. Una pérdida, según como, difícil de recuperar. Todo ello, como ya he dicho, con serias repercusiones sociales. Afortunadamente, España tiene, como toda la Europa Occidental, un sistema social que amortigua el golpe. Pero, aún así, habrá una cifra de paro considerable con todas sus consecuencias. Posiblemente la más alta, o casi, de la Europa Occidental.

2. Todo esto puede conducir a una crisis política. En parte ya la tenemos. En más de un país europeo la queja es que los políticos no son capaces ni de enderezar la situación, ni de inspirar aquel grado de confianza necesario para que la ciudadanía supere los miedos y recupere la iniciativa. Sin participar de la visión alarmante de los que dicen que esto puede degenerar hacia planteamientos populistas, poco democráticos y demagógicos sí que cabe admitir la posibilidad de que una política así sea incapaz de provocar pronto la salida de la crisis, de evitar tensiones serias y una notable degradación del clima social. Y una pérdida de calidad de nuestro Estado del Bienestar. Si el mundo político –y también sindical– no es capaz de enfrentarse con todo esto y de reintroducir confianza y credibilidad, nuestra sociedad sufrirá seriamente. Porque como ya hemos dicho muchas veces en estos editoriales, y ahora repetiremos, sin política un país se encalla.

3. Pero todo esto en Catalunya puede tomar –de hecho, toma– una especial gravedad porque, además, tenemos otra crisis: una crisis de país seria. Le hemos dedicado durante el mes de marzo cinco editoriales seguidos (Los siete años de vacas gordas de la Biblia y sus pecados, Pero en Egipto había habido buena administración, Actitudes y valores para una respuesta catalana, El desgarro y Conclusiones). No solamente se ha roto el planteamiento que se hizo en el momento de la Transición en lo relacionado con la estructura del Estado y con el papel y reconocimiento de Catalunya en el conjunto de España, sino que, además, ahora hay una presión muy fuerte contra la imagen, la identidad lingüística y cultural y el grado de autogobierno de Catalunya. Y una resistencia muy grande a aplicar los aspectos financieros del Estatuto. En resumen, de comprimir políticamente a Catalunya y de frenar su economía.


Tres crisis graves.

A largo plazo la más grave puede ser la que afecta a la propia existencia de Catalunya como país. Las otras dos acabarán superándose como se superarán en toda Europa. Aunque podría ser que al final del túnel nuestra economía y nuestro techo social hubieran quedado rebajados.

Por lo tanto, en un momento así es necesario ver de qué disponemos para superar la situación. A pesar del tono preocupado de los editoriales hemos insistido siempre en nuestros activos. Que los tenemos y que bien utilizados nos ofrecen la posibilidad de superar estas crisis. Y contrariamente a lo que a veces se dice, entre estos activos importantes hay una buena parte de nuestra juventud. Es cierto que hay jóvenes que tienen miedo. Poco dispuestos a hacer el esfuerzo y tener la paciencia que la juventud siempre ha debido hacer y tener. Pero también tenemos mucha gente joven mejor preparada que nunca. Y una parte de ella muy dispuesta a colaborar para sacar el país adelante.

En nuestro editorial del 10 de marzo de 2006 publicamos un editorial que hoy tiene más sentido que nunca. Se titulaba: Viene una nueva juventud. Arrancaba de una anécdota: un joven que había estado unos años fuera de Catalunya, bien formado y con experiencia, había decidido volver a Catalunya. Y con él unos cuantos más. «Porque creemos en Catalunya», decían.

El año 2006 la situación social y económica era buena –al menos aparentemente–, y si bien habíamos entrado en la etapa que después se ha denominado del Dragon Khan, políticamente y nacionalmente la situación de Catalunya era mejor que ahora. Pero el joven en cuestión tenía gran perspicacia y a pesar de su optimismo daba un severo toque de atención. Decía: «Vivimos momentos relativamente fáciles con futuros difíciles. Tanto más difíciles cuanto más se adormezca el país y se distraigan los políticos».


Cuanto más se adormezca el país y se distraigan los políticos. Y algo de esto ya debe haber pasado.

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Tres crisis graves... y un cambio.

Un cambio en muchos aspectos. Todo el mundo dice que es necesario cambiar el modelo económico. Y que es necesario tomar mesuras para salvar el Estado del Bienestar.


Todo el mundo habla de ello, todo el mundo lo dice. No está tan claro que todo el mundo se lo plantee con ánimo resolutivo y responsable. Y, en cambio, es urgente que se haga. Por necesidad y por honestidad. Intentaremos contribuir en lo que podamos.

En cuanto a la crisis política no vale decir que es cosa de los políticos. Está claro que es cosa de políticos, pero no sólo de los políticos. También lo es de los medios de comunicación y de la actitud de la sociedad en general. Y en lo que concierne a la política catalana hay que tener presente que nuestros políticos se enfrentan a dificultades especialmente graves. De dentro y de fuera.

Aún así es innegable que la primera responsabilidad es la de la clase política.

Hay que subrayar que la crisis de Catalunya como país es la más peligrosa en el sentido de que sus efectos pueden ser menos reversibles que en las otras dos. Y porque somos un caso particular.

No podemos contar con ayuda externa ni con la evolución positiva general que habrá de nuevo. La economía del mundo, y la de Europa, y la de España, e incluso la de Catalunya se enderezarán. Y el Estado del Bienestar no se suprimirá. Entre otras razones porque tanto en una cosa como en la otra hay mucha gente interesada y que saca provecho de ello. Nadie va en contra. Pero Catalunya, como ya dijo en el año 1939 el President Companys, sólo nos tiene a nosotros como defensores. Y en cambio sí que hay voluntad de ir disminuyendo y arrinconando buena parte de Catalunya.


Tres crisis... y el cambio. ¿Qué cambio?

En el caso de la crisis económica y social ya lo hemos dicho: enfrentarse a ella seriamente aprovechando que ahora ya todo el mundo sabe qué hay que hacer. En el caso de la crisis catalana la respuesta ya nos la avanzaron aquellos jóvenes en el año 2006. Decían: «Somos unos cuantos que volvemos porque creemos en Catalunya». Desde entonces hasta ahora han trabajado mucho y bien. De jóvenes como estos los hay más de lo que parece. Y son parte de este cambio que necesitamos para cambiar la crisis más peligrosa de todas, que es la de país.

Pero deberemos seguir hablando de ello.


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