Jordi Pujol
Editorial / 30 de Junio de 2009
Un encuentro con funcionarios extranjeros en la Comisión de Bruselas. Dos de ellos son griegos. Están enfadados y preocupados. En primer lugar porque la crisis económica está castigando a su país. Y en segundo lugar porque tienen miedo de que en el futuro se reduzcan los fondos europeos de ayudas a los países del sur. Y además están decepcionados porque dicen que la crisis llega en un momento en el cual Grecia está en malas condiciones de productividad y de competitividad. Y tienen un discurso exaltado, victimista y acusatorio contra la Comisión y sobre todo contra Alemania. Sobre todo contra Alemania porque la cancillera Merkel se ha negado a que su país contribuyera de una manera muy importante a crear un fondo para ayudar a los parados de algunos países de la Unión.
Pues bien, ha sido necesario decirles que no tenían razón. ¿Porqué?
Porque han recibido muchos miles de millones de euros durante un montón de años, mediante los fondos estructurales y de cohesión destinados a mejorar la productividad y la competitividad de su economía. Y también han recibido mucho dinero en forma de préstamo de países del norte de Europa, sobre todo de Alemania. Y no lo han aprovechado lo suficiente. No han dedicado todo este caudal en invertir en sectores productivos y competitivos. No los han gestionado bien. Han gastado todo este dinero en el sector inmobiliario en mayor o menor grado especulativo, o bien en consumo. Y no han hecho reformas de fondo, ni del mercado de trabajo, ni fiscales ni de eficacia administrativa... El resultado es que hoy Grecia es menos competitiva que tiempo atrás. Porque mientras tanto Alemania —y lo mismo podría decirse de algún que otro país de la Unión Europea— sí que ha hecho reformas sociales y fiscales. El canciller Schröder impulsó una serie de reformas impopulares que sanearon la economía. Y la cancillera Merkel, que preveía la crisis y intentaba evitar que la lucha contra la crisis produjera en Alemania un déficit demasiado grande, subió el IVA del 15% al 18%. Una mesura también impopular. Y los gobiernos alemanes procuraron que los sueldos reales no se inflaran más de lo debido en un momento aún de crecimiento económico. Todo esto ha producido una mejora sustancial de la productividad alemana que le permite aguantar relativamente bien la crisis.
Y evidentemente, tener mucho menos paro.
¿Y ahora, qué pasa? Pasa que los griegos reclaman una parte de este ahorro alemán para atenuar los efectos de la crisis en su economía, que sufre las consecuencias de una política poco seria, poco responsable y poco previsora.
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Los interlocutores de Bruselas eran griegos. Y la discusión se producía en el marco de la política europea. Pero podían haber sido españoles o italianos. Y el marco podría haber sido no el de la Unión Europea, sino el del Estado español o el de Italia. O el de Irlanda. Es decir, cualquier territorio o circunstancia en los que las ayudas recibidas no se han aplicado suficientemente bien. Ayudas, por cierto, que han sido inmensas.
No se han aplicado bien no sólo técnicamente, sino sobre todo desde el punto de vista de la mentalidad. Y el resultado es que —en Grecia y en más lugares— después de unos años de tener un trato muy preferente hacia estos países, realmente han mejorado su nivel de vida y de bienestar, y a veces mucho. Pero no han mejorado en PIB. No en crecimiento, no lo bastante en creación de riqueza, no en productividad y competitividad, no en capacidad de caminar sin muletas. Porque no ha llegado la parte necesaria de la ayuda exterior al sector productivo y a la política de creación de riqueza. Y así la brecha entre los países más progresivos y más autoexigentes y los otros países se ha reducido, a veces mucho, en cuanto a bienestar e incluso en cuanto a renta, pero no en cuanto al PIB, es decir, a la capacidad de crear riqueza. Esto explica que algunos países receptores de ayuda no terminen de poder progresar suficientemente. Que siempre dependan de la subvención, de los fondos de ayuda o de la solidaridad permanente.
Pero esto explica también la reacción de Alemania y de la Sra. Merkel. Viene a decir «nosotros hemos hecho reformas, nosotros hemos ahorrado, nosotros hemos subido el IVA, hemos mantenido una moderación salarial, hemos vigilado el déficit, etc. Aún así hemos tenido problemas, pero los podemos controlar. Y tenemos menos inquietud social y sobre todo menos paro. Y ahora no tenemos que pagar por el paro que la imprevisión ha provocado en otros países que han mal utilizado las ayudas que han recibido. Ayudas que en buena parte provenían de la contribución solidaria muy alta que Alemania ha estado haciendo durante muchos años, y todavía hace». Y tiene razón.
Todo esto es una historia que los catalanes podemos entender bien.