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La Generalitat cumple 650 años

Jordi Pujol
Editorial / 14 de Julio de 2009

Estos días el tema dominante es el de la financiación. Y es del todo lógico. Y un día tal vez le tendremos que dedicar alguno de estos editoriales, pero no hoy. Hoy les corresponde a los partidos políticos expresar su opinión. Cuando hablemos de ello quizá habrá que hacerlo en términos, tanto como podamos, de visión de país y de interés general. Ya lo haremos, si llega un momento en el que parezca oportuno hacerlo.



Hoy hablaremos de los 650 años de la Generalitat. Y no como distracción. No con ánimo de huir de los temas candentes con una amable divagación histórica, que a nada compromete.

Justo lo contrario, será un comentario crítico para con nuestro Gobierno, nuestro Parlamento y nuestra sociedad.

De este aniversario prácticamente no se ha hablado. Hemos preguntado si se haría alguna conmemoración.  Hasta el momento lo único que hemos llegado a saber es que por propia iniciativa el Ayuntamiento de Cervera sí que ara una. Cualquier gremio o cualquier modesta asociación celebra su centenario con mucha más ilusión, y con más eco. Y esto nos parece grave por lo que significa de desidia política y social.

Ahora se discute si se cumple o no el Estatuto de Autonomía. En términos generales y más específicamente por lo que se refiere a la financiación. Y es realmente una discusión muy importante. Pero no discutiríamos nada de esto, o lo discutiríamos como una Diputación Provincial que reclama más recursos del Ministerio de Administración Local, sin el contenido histórico, político, identitario e institucional con el que ahora lo hacemos. Ni nuestras reivindicaciones tendrían la fuerza ni la capacidad que ahora tienen de incidir con fuerza en la estructura del Estado. Y esto, ¿por qué es así? 

Es así porque la reivindicación de Catalunya no es de carácter administrativo, sino de carácter político. Y de país. De carácter institucional. De carácter nacional. Incluso aquellos que no son nacionalistas, o casi ni catalanistas, saben que la de Catalunya no es una reivindicación sólo administrativa, sino muy profundamente política. Y en su nivel más alto la simboliza y la interpreta la Generalitat de Catalunya.

La Generalitat fue creada hace 650 años para llevar a cabo tareas políticas, sociales, económicas y militares, pero la principal era defender las Constituciones de Catalunya, es decir, las normas que garantizan su autogobierno. Todo ello constituía la Generalitat en el organismo que hacia de Catalunya no sólo un territorio sometido a la autoridad del Rey sino un sujeto político con personalidad propia. Que a menudo los Reyes intentaron recortar, y en algún momento lo consiguieron, pero que de hecho se mantuvo así hasta el año 1714.

El movimiento de recuperación política e identitaria de Catalunya —es decir, el catalanismo— ha reivindicado siempre el retorno del autogobierno. Del Estatuto en lenguaje actual. Por eso el Estatuto de 1932 significó la recuperación de la institución de la Generalitat. Y el Estatuto de 1978 y el de ahora, de 2006, representan la continuación histórica de la primera Generalitat.

Esto no tiene tan sólo un sentido historicista. Esto —en su realidad de 1359 a 1714, y de 1931 a 1939 y más tarde también en el exilio— ha significado la continuidad de la personalidad política propia de Catalunya, y su singularidad dentro del Estado español. Y, aunque estuviera legalmente suprimida, también lo ha representado siempre que Catalunya se ha defendido de la asimilación y de la negación de su realidad como pueblo. Gracias a esta defensa Catalunya ha llegado al día de hoy con su identidad propia. Cosa que no habría sido posible si Catalunya hubiera intercambiado un organismo político y nacional como la Generalitat por un organismo administrativo, como sería el caso de una diputación. Y esto explica que tanto en el 1931-32 como en el 1977-78 Catalunya hiciera una reivindicación claramente política y particular, es decir, propia. Porque nadie más en toda España —a excepción de las Diputaciones forales del País Vasco y de Navarra— podía remitirse en su reivindicación a un antecedente histórico tan potente y tan vigente en la memoria y el sentimiento como la Generalitat. Es decir, la Generalitat ha dado y da un sentido de identidad muy potente a Catalunya, y por tanto de diversidad, de diferencia dentro del conjunto de España.

Resulta sorprendente, por tanto, que no se aproveche una ocasión clara como la de los 650 años para hacer pedagogía de la Generalitat. De presentarla como nuestra máxima institución política y por tanto de contrarrestar el riesgo que puede haber —y que de hecho hay— que para los catalanes vaya convirtiéndose en un órgano administrativo. Y que se pierda también la oportunidad de situar la Generalitat en un marco emotivo y patriótico.

Todo esto requiere entender aún otra cosa: la conciencia de un país se construye también a través de la emoción. Y la historia de la Generalitat tiene un componente emocional lo bastante potente como para ser despreciado en un momento como el que vivimos. Vivimos un tiempo confuso y con bastante desgaste colectivo como para desaprovechar algo de nuestro patrimonio político y cultural, y también sentimental.


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