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El atajo es política

Jordi Pujol
Editorial / 10 de Noviembre de 2009

Es oportuno, ahora, recordar una conferencia mía del año 2002. Tiene un doble título explicativo: Defensa y elogio de la política. Grandeza y miseria de la política.



Oportuno porque vivimos un tiempo de inseguridad y crisis generales. De crisis económica y política, en Catalunya mismo y en España, de inviabilidad de nuestro doble proyecto de afirmación catalana y convivencia positiva en el marco del Estado: de buen funcionamiento interno y de desorientación y pérdida de autoestima en Catalunya mismo…

Y junto con todo esto, una pérdida grave de prestigio y de credibilidad política. Y esto último es ahora especialmente grave. Porque la superación de todo ello requiere fuerza moral, requiere recuperar valores y actitudes positivas, requiere una acción en profundidad. Requiere una acción de lluvia fina, llamémoslo así, de las que producen sazón. Lo hemos defendido siempre desde esta Fundación. Pero hay momentos en los que —sin abandonar la acción en profundidad— hay que tomar un atajo. Porque el tiempo se nos echa encima y el mal que nos amenaza puede ser muy grave.

Y el atajo es política. Por raro que pueda parecer en un momento de horas bajas de la política, y por raro que pueda parecer dicho por quien predica la necesidad de que Catalunya se rearme en el campo de la ideas, los valores y las actitudes —lo que llamamos el IVA—, lo cierto es que las urgencias son urgencias, y que cuando hay una urgencia hay que afrontarla con lo que se tiene, sea poco o sea mucho. Y hay que ir por el atajo. Y el atajo es política.

No política de confrontación sistemática. Ni de ver quien enfanga a quien. Una de las cosas más negativas que puede suceder en un país es que se extienda en el mundo de la política una doble creencia: que el objetivo primero de un partido no es presentar un proyecto y formular un programa, sino destruir al adversario, y que para ello no es necesario derrotarlo con propuestas y proyectos sino enfangarlo. Con argumentos verídicos o falsos, da lo mismo.

Por lo tanto, cuando decimos que el atajo es política tiene que quedar claro que debe ser una política constructiva, basada en propuestas y hecha por gente creíble. El escepticismo imperante de ahora puede considerar que en el campo de la política actualmente no hay gente creíble. Pero esto no es cierto. En nuestro mundo político hay gente creíble, hay gente honorable y hay gente con auténtica vocación de servicio. Y hay gente capaz de liderar el país. Capaz de llevarnos por el atajo político con éxito.
Por eso es necesario que se libren del clima morboso que se ha creado. Que en parte han creado los políticos embrutecedores y destructivos, que en parte se ha producido también por fallos de la propia sociedad civil, y que en parte han estimulado los medios de comunicación. Es decir, un clima del cual todos somos responsables. Talvez los políticos más porque tienen un plus de responsabilidad en tanto que servidores del interés público. Pero, por otro lado, todo el mundo debe saber que justamente por eso, porque tienen más responsabilidad, se les ha de tratar con exigencia, pero con ecuanimidad. Y distinguiendo entre los que tienen vocación de construir y los que son destructores por naturaleza.

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Es urgente esta recuperación del protagonismo positivo y constructivo de la política. Y es necesario que la sociedad asuma también su parte de responsabilidad en lo que sucede. Que también la tiene. Y que todos juntos, unidos por un renovado sentido del bien común —y de lo que podríamos llamar una mutua conmiseración y una mutua exigencia—, llevemos a cabo un enderezamiento rápido. Que es posible. Porque en este mismo editorial muchas veces hemos hecho el inventario de nuestros activos, de nuestros puntos fuertes. Que los tenemos, y no son pocos. Es necesario que seamos conscientes de ello, que estemos convencidos y que no los neutralicemos con mucha cultura del no y con espíritu autodestructivo.

En un momento así es bueno recorrer a los argumentos y a los testimonios morales que nos ayudaron hace pocas décadas a superar situaciones muy y muy difíciles. Es bueno que volvamos a lo que podríamos llamar nuestros clásicos. A Joan Sales, por ejemplo. Que a través de su obra literaria, pero principalmente de su fuerte vivencia humana y su espíritu exigente, fruto de su patriotismo, de su fe y de su humanismo, en absoluto autocomplaciente ni con él mismo ni con Catalunya, nos dijo, hablando de nuestro pueblo, que era necesario «alejar tanto el dramatismo como los tópicos tendientes a la autocomplacencia». O bien Salvador Espriu, que nos decía que para salvarse en tiempos difíciles es necesario asumir la propia condición y «convertirla en una fuerza moral de identificación, de resistencia, de fidelidad a la gente y —también— de interpelación a los que no quieren mal, a los que nos asedian».
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El enderezamiento es posible. Tenemos muchos activos, que siguen trabajando. Quizá tienen menos visibilidad que otras cosas más escandalosas, aunque más importantes. Pero también todo esto que crece y funciona bien necesita librarse de un hilo de tristeza que hay en el país. Necesita un impulso renovado, un horizonte mejor definido, una ilusión. Todo esto depende de todos. Pero es urgente. Y por eso, porque es urgente, hay que recuperar todo lo que de positivo puede tener la política.

Porque ahora el atajo es política.


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