En más de una ocasión hemos explicado cuál era el proyecto político y moral de la Catalunya de los años 60, 70 y también de los 80. De hasta hace muy poco. De hecho, un proyecto o un sueño que decayó con la entrada del siglo XX.
Hemos explicado que Catalunya, con la nueva etapa de la historia de España, que se abría con el final no sólo del franquismo sino también de una idea vieja y excluyente de España, aspiraba a consolidar y garantizar su personalidad como pueblo mediante la recuperación de sus instituciones, y a consolidar el grado de autogobierno necesario para poder formular y aplicar un proyecto potente de país y de sociedad. Y que todo esto, Catalunya lo podría hacer en el marco de un Estado, en el marco de una España democrática y justa para con sus hombres y mujeres y para con sus distintos pueblos.
El sueño iba mucho más allá. Catalunya podría contribuir a construir esta España, esta nueva Sepharad, con ilusión y eficacia.
Esta es una forma digámosle política y corriente de decirlo. Pero es auténtica. Espriu, sin duda, lo dijo de una forma poética y con un fuerte tono profético. De hecho, Espriu y
La piel de toro son una gran afirmación de catalanidad y de voluntad catalana de ser y al mismo tiempo de españolidad generosa y constructiva. Y todo ello esperanzado. «Haz que sean seguros los puentes del diálogo y intenta comprender y amar las razones y las hablas de tus hijos». Y en Sepharad «que la lluvia caiga despacio en los sembrados y el aire pase como una extendida mano suave y muy benigna sobre los amplios campos». Y aún, «que Sepharad viva eternamente en el orden y en la paz, en el trabajo, en la difícil y merecida libertad».
Dicho en términos más prosaicos: que sepamos trabajar en paz y en libertad, que sepamos hacer prosperar Sepharad, que haya un orden justo, con compromiso y con respeto hacia la manera de ser y de hablar de cada uno.
Esto ―estos versos, este sentimiento― contribuyó a definir una política. Una política catalana. Una política de país. Ambiciosa y generosa. A pesar de que ya entonces Espriu mismo advertía de algunos peligros. Hablaba de un «nuevo cielo de Sepharad», pero también advertía del «palacio peligroso de nuestros sueños». Y es que siempre ha habido gente ―aquí, entre nosotros, y sobre todo fuera de aquí, en otros lugares de Sepharad― que no ha creído nunca en todo esto. O que ha hecho ver que creía para engañar. «Pero tu te ríes: piensas que la araña siempre tendrá hilo». Y ha advertido ―el propio Espriu, a pesar de su apuesta generosa y magnánima― que «cuando despertarás, la risa en los labios te desaparecerá».
Y así ha sido. Esto es lo que está sucediendo en estos momentos. Por lo tanto, «y ahora, ¿qué?»
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Pues ahora es el momento de retomar la marcha. No para volver a caer en nuevos errores, ni para complacernos en la queja, sino para hacer recuento y unir todos los tesoros que tenemos, para preservar lo que hemos edificado de nuestro templo inacabado, y para continuar desempozando nuevas energías en nuestra conciencia. Y, principalmente, para vivir el momento presente con dignidad. Y con orgullo. Y con confianza. Porque, a pesar de todo, tenemos tesoros. Porque no hemos vivido en balde. Porque hemos edificado. Porque sólo el cansancio y el desencanto podrían hacernos fracasar. Podrían hacernos renunciar a «ganar lentamente una libre paz».
Sobre todo, ahora es necesario actuar no teniendo en cuenta lo que los otros nos darán, o pensando si nos ayudarán ―que no nos ayudarán en absoluto ni nos darán nada, porque para ellos la solidaridad es palabra de engaño―, sino contando con los propios tesoros, con los propios activos, con la propia capacidad y con la propia voluntad.
Espriu también decía: «Ya sabemos que nuestro país "no es el mejor país". Pero en nuestro sueño, sí».
Pero no se trata tan sólo de un sueño. Se trata de que en la historia reciente, durante cincuenta años, hemos contribuido al progreso de Sepharad, y a nuestro propio progreso. Tenemos el honor de haber cumplido. No hemos edificado del todo nuestro templo, pero sí una parte importante. Y no hemos conseguido que se cumpliera lo que decía Espriu: «Diversas son las hablas y diversos los hombres, y convendrán muchos nombres en un solo amor». No lo hemos conseguido. Como tampoco hemos conseguido «que sean seguros los puentes de diálogo». Pero esto ahora nos enseña a valorar nuestro patrimonio, moral y material, nuestra aventura como pueblo, el mérito de resistir y mantener la esperanza.
Y nos permite iniciar una nueva etapa.
De las tres grandes virtudes ―fe, esperanza y caridad― no sabemos cuál es la más importante. O las tres lo son por igual. Pero Espriu habla principalmente de la esperanza. Y Catalunya ha tenido que recorrer muy a menudo a la esperanza, que es la semilla de todos los resurgimientos. De todas las nuevas etapas. Cada vez que lo hemos hecho, aunque fuera después de fracasos, hemos avanzado. Porque es la más creadora de futuro. Ahora lo volverá a ser.
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Esta etapa que ahora empieza ―porque ahora realmente empieza una nueva etapa― tendrá una característica principal: será política. Política ya lo era la poesía de Espriu. Política es la reflexión de refuerzo moral e intelectual de Catalunya en estos momentos. Y también lo es la reflexión de toda la sociedad.
Y todo esto es de primera necesidad para la respuesta que ahora debe haber en Catalunya. Pero, además, esta respuesta, este nuevo impulso, este revulsivo que el país necesita, deber ser específicamente político. Sabemos que hay una crisis de confianza en la política. Y se entiende. Y puede parecer una paradoja, pero ahora las cosas se han puesto de tal manera que reclaman una respuesta de urgencia. Y una respuesta así debe ser principalmente política.
El atajo, como decíamos hace pocos días en uno de estos editoriales, es política. Y ahora ya es el momento de la urgencia y del atajo.
Un atajo para el cual será necesario mantener vivo el espíritu honesto y la energía moral de Salvador Espriu.