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Carta dirigida a los autores del editorial conjunto de los diarios del pasado jueves 26 de noviembre de 2009

Jordi Pujol
Editorial / 01 de Diciembre de 2009

Apreciados amigos:

La publicación del editorial publicado en doce diarios catalanes es realmente un escrito de gran calidad y de gran significado político. Y podría ser que su efecto se proyectara en el futuro



Hay más de una afirmación en este editorial –que de hecho es todo un manifiesto– que, dicha con la libertad con la que ustedes la han dicho ya, nadie, ni aquí ni en Madrid –ni en toda España–, podrá hacer ver que no se da cuenta de su importancia, y del derecho que asiste a Catalunya. Ustedes dicen: «Hay preocupación en Catalunya y es preciso que todo el mundo lo sepa. Hay algo más que preocupación. Hay un creciente hartazgo por tener que soportar la mirada airada de quienes siguen percibiendo la identidad catalana (instituciones, estructura económica, idioma y tradición cultural) como el defecto de fabricación que impide a España alcanzar una soñada e imposible uniformidad. Los catalanes pagan sus impuestos (sin privilegio foral); contribuyen con su esfuerzo a la transferencia de rentas a la España más pobre; afrontan la internacionalización económica sin los cuantiosos beneficios de la capitalidad del Estado; hablan una lengua con mayor fuelle demográfico que el de varios idiomas oficiales en la Unión Europea, una lengua que, en vez de ser amada, resulta sometida tantas veces a obsesivo escrutinio por parte del españolismo oficial. Y acatan las leyes, por supuesto, sin renunciar a su pacífica y probada capacidad de aguante cívico». Y acaba: «Estos días, los catalanes piensan, ante todo, en su dignidad; conviene que se sepa». Con pocas palabras, claras y sin timidez, enumeran los puntos principales de la reivindicación catalana.

Y además está muy bien que el editorial se titule «La dignidad de Catalunya». Porque Catalunya tiene problemas de financiación, de respeto de las competencias estatutarias, de trato justo en lo que concierne a las grandes infraestructuras, etc., pero también, muy especialmente, de reconocimiento de su identidad y de su papel en el Estado. Pero además tiene, y en estos momentos con especial gravedad, un problema de respeto de la propia dignidad. En Catalunya, la gente debe saber que un país maltratado en su dignidad, finalmente, nadie lo tiene en cuenta.

Y ahora ya lo sabe. Pero España talvez todavía se cree que los catalanes no somos nada más que unos fenicios, cuando la verdad es que Catalunya ha tenido y tiene una actitud y una política altamente solidarias.


Debemos creer que este editorial tendrá efecto. No sabemos si lo suficiente para que la voluntad del Parlamento catalán y de las Cortes españolas y la del pueblo de Catalunya expresada en referéndum no sean abiertamente y fuertemente agredidas. Ni tampoco burladas «sin que se advierta el cuydado», como tantas veces se ha hecho.

Si no tiene ningún efecto, o lo tiene poco, se producirá lo que pronostica el mismo editorial de los diarios catalanes: la cancelación del espíritu integrador y respetuoso de veras, sin engaño ni subterfugios, de la diversidad española y de lo que Catalunya es y significa.

Hablaba de esto último dos días antes de la publicación del editorial conjunto. Lo hice en el boletín de nuestra Fundación. Ya ven que el título es triste y agrio, no podía ser de ningún otro modo: «El fracaso de Espriu». ¿O el fracaso de España? ¿O el de Sepharad? ¿O el de Catalunya? ¿O el de todos juntos?

Catalunya no encaró el final de la dictadura ni el inicio de la democracia, ni, de hecho, el cambio histórico –realmente histórico– que esto significó, sólo con un programa político, o con mentalidad de salir del paso, sino con una propuesta de profundidad, también política, pero sobre todo de cariz ético, de valores renovadores y generosos, de solidaridad y de fraternidad autenticas.

Una propuesta que el lenguaje puramente político no podía expresar bien en toda su profundidad, sino que necesitaba ser expresada también mediante el lenguaje filosófico, poético y de valores. Espriu lo hizo hablando de Sepharad en La piel de toro. Con positiva y buena aceptación en Catalunya. Pero las cosas han llegado a un punto en el que hay que hablar sin tapujos del fracaso de Espriu. Y de muchos de nosotros. A no ser que una reacción de última hora invierta la situación.

El editorial de los diarios catalanes podría ayudar a hacerlo posible. Pero esto requiere, por parte de España, un cambio radical de mentalidad política e intelectual y en general de actitudes básicas. Con rápida repercusión en el terreno de los hechos. Rápida y con suficiente claridad y efectividad para que sea creíble. Y eso es muy improbable. 

En todo caso, hay que agradecer a los promotores y redactores del editorial de los diarios que con tanta elegancia, claridad y brevedad, y a la vez con equilibrada exigencia, hayan hecho lo que han hecho.

En todo caso –insisto en esto– un cambio de actitud debería venir muy principalmente de España. Y esta vez no se puede basar en el engaño y en buenas palabras. Ni en los estereotipos de una imagen deformada de Catalunya, ni en la falsa solidaridad («la solidaridad sólo hay que practicarla con los bienes ajenos»), ni en la envidia y la mentalidad poco responsable y poco constructiva del «autonomismo por arrastre»

¿Es esto posible? ¿Espriu y lo que significó están definitivamente muertos? Las apariencias son que sí. Todo parece indicar que sí. Pero me gustará saber su opinión, la de usted y la de unos cuantos más que han sido capaces de dar una sacudida a la opinión pública. La de aquí muy decepcionada. La de allá muy hostil.

Pase lo que pase, felicidades por el editorial, y gracias.

Muy cordialmente,


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