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Durante las últimas semanas se han producido hechos importantes durante el accidentado proceso relacionado con el Estatut y la situación de Catalunya en el marco del Estado. Hechos positivos por lo que han significado de afirmación catalana y de refuerzo de nuestra dignidad y de nuestra autoestima como pueblo, y negativos porque han ratificado las actitudes dominantes fuera de Catalunya, a veces erráticas y poco consistentes, otras veces simplemente hostiles. Y han confirmado también el anquilosamiento del sistema político e institucional español.
Para nosotros, los catalanes, esto no tiene sólo un significado político en sentido estricto. Hemos dicho muchas veces –y lo subrayábamos especialmente cuando hablábamos del «fracaso de Espriu»– que, durante los últimos 30-40 años en el ámbito español, Catalunya ha jugado muy fuerte una carta no sólo –que también– de democracia y de progreso social, no sólo –que también– de modernización y de europeización, no sólo –que también– de recuperación de la autoestima, sino además de creación de una mentalidad y de una sensibilidad de convivencia de lenguas y culturas diversas, con proyectos comunes e ilusiones comunes pero con raíces y almas propias.
Sepharad, decía Espriu, debes aprender a comprender y a amar no sólo las lenguas, sino también las razones diversas de tus hijos.
Todo esto está muy a punto de irse al traste. Con efectos graves para Catalunya, pero no sin consecuencias para toda España. Porque para que «Sepharad viva eternamente en el orden y en la paz, en el trabajo, en la difícil y merecida libertad» todas las manos son pocas. Y todas son útiles, si son libres y respetadas.
Pero dejémonos de lamentaciones. Porque la contienda todavía dura. No podremos jugar con las reglas del juego que habíamos imaginado, ni podremos confiar en las palabras altisonantes, de apariencia noble, pero falsas. Deberemos jugar con cartas marcadas. Pero deberemos seguir jugando. Con más esfuerzo, con más energía y con más juicio, con más serenidad y con más inteligencia. Por lo tanto, ya desde ahora Catalunya debe definir tres respuestas y tres actitudes.
1. Si al fin y al cabo el TC invalida o rebaja el Estatut –ya sea por castración física, como desea más de media España, o por una más elegante y engañosa, pero también efectiva, castración química, como desean otros–, ¿qué respuesta deberá dar Catalunya?
¿Deberá manifestarse? ¿Deberá tomar una contundente iniciativa parlamentaria? ¿Deberá reclamar un nuevo referéndum? ¿Deberá estimular las consultas independentistas? No es tarea de este boletín ni de este editorial dar respuesta a esto. Es tarea de los partidos políticos, con el máximo soporte popular.
Por otro lado, ¿Catalunya de entrada deberá acatar? A la fuerza.
¿Deberá respetar? No.
No respetar quiere decir no aceptarlo en el fuero interno, no admitir que el trato recibido es justo, no dar por resuelto el pleito. No resignarse. No dar las gracias por las migajas.
2. Definir, hacer inventario de lo que Catalunya necesita, de toda necesidad para poderse realizar como país y como proyecto. Para poder ser, para poder ser útil a su gente, y para poder tener ambición.
a) Hay una primera cuestión de identidad. Sin ésta no hubiera habido durante siglos, desde el siglo XVI, la tensión que ha habido entre Catalunya y el resto del Estado. Esto no es ningún invento, es una realidad de raíces muy profundas. Que se manifiesta principalmente a través de la lengua y de la cultura.
b) De esto deriva la conciencia de tener una personalidad propia. Ni mejor ni peor que otros, pero propia. Y se deriva la necesidad y la justa reivindicación de un poder político que permita preservar y desarrollar esta personalidad y hacer que actúe positivamente sobre su gente. Porque la razón de ser de toda colectividad es ser útil a las personas que formamos parte de ella. La defensa de la simbología nacional –que hasta ahora ni los partidos más propiamente españolistas habían rechazado– va ligada a esta realidad de una personalidad propia de Catalunya.
c) En el caso concreto de Catalunya esto ha conducido históricamente a la reclamación mayoritaria de un Estatut d'Autonomia en el marco del Estado español de suficiente amplitud para poder no tan sólo preservar la identidad, sino también construir una sociedad justa y de progreso, y en general desarrollar un proyecto de país ambicioso y generoso. Y poder, en el respeto del derecho de Catalunya a su autogobierno, participar positivamente en el desarrollo político, económico y social español.
d) Este autogobierno debe disponer de competencias lo bastante importantes y lo bastante extensas para poder actuar positivamente sobre la persona en particular y sobre la sociedad en general. De competencias reales, no cortadas de raíz en la práctica por la letra pequeña de la Administración Central o por leyes orgánicas de ámbito estatal tendientes a vaciar de contenido el texto estatutario.
e) Y ha de poder disponer también de una financiación adecuada. De una financiación no escañada. Esta es una larga batalla no ganada hasta ahora, tampoco con el nuevo sistema de financiación, a pesar de las mejoras que con los años se han ido consiguiendo. Es nuestro parecer que con el tiempo –con no demasiado tiempo– volverá a ser evidente que, en lo que concierne a Catalunya, el criterio que sigue imperando es el de «la solidaridad sólo hay que aplicarla con los bienes ajenos» y aquello de que «los catalanes se lo quieren llevar todo».
f) Está el tema específico de las infraestructuras, que en el nuevo Estatut está bien tratado y que hay que ver como queda.
g) Será preciso estar muy atentos a ver como quedan después de la sentencia algunos puntos concretos de especial trascendencia. Por ejemplo, la inmersión lingüística, sin la cual con la avalancha inmigratoria que tenemos la situación del catalán sería muy crítica. O bien, el derecho de todo ciudadano de Catalunya a ser atendido en catalán. Y la capacidad por parte de la Generalitat de incidir en el proceso de incorporación de la inmigración, y no sólo desde un punto de vista asistencial –ciertamente muy importante– sino civil y administrativo. No olvidemos que de cara a la pervivencia de Catalunya como país, como colectividad, el tema de más trascendencia es justamente el inmigratorio.
El resultado final de todo el proceso estatutario todavía no sabemos cuál será. Todo parece indicar que quedará claramente por debajo de lo que Catalunya ha pedido y de lo que se aprobó en el Parlament, en el Congreso en Madrid y en referéndum en Catalunya. Y por otro lado, habremos sufrido un gran desgaste, interno en Catalunya y también de cara hacia fuera.
A nivel político –los partidos, el Parlament, el Gobierno– será necesario que se dé una respuesta. No corresponde avanzar nada en este sentido en este boletín. Pero lo que se puede avanzar desde ahora es que con las herramientas que tengamos –el Estatut quede como quede– la financiación –la que haya–, el marco español y europeo –el que sea– Catalunya deberá hacer un especial esfuerzo como nación, como sociedad y como economía, como proyecto y como ilusión colectiva.
Repito: con lo que tengamos.
Este esfuerzo, lo podemos hacer. No en las condiciones justas y que serían necesarias, pero lo podemos hacer. Porque, como hemos dicho más de una vez desde este boletín, nuestros activos son importantes. Lo es nuestro patrimonio cultural, lo es nuestro tejido económico y nuestra vocación de abertura exterior, lo es la inquietud renovadora de nuestro mundo intelectual y artístico, lo es nuestra capacidad de convivencia, lo es el funcionamiento del ascensor social, lo es que el catalanismo, es decir, el sentido de país siga siendo el factor central de la política catalana, lo es el peso de la ciudad de Barcelona, lo es el empujón que está cogiendo nuestro mundo científico, etc.
O sea que tenemos potencial. A pesar de las condiciones adversas.
Pero justamente porque las condiciones son difíciles todo este potencial necesita ser complementado con una dirección y un impulso político potentes y bien orientados.
Por eso es preciso subrayar que ahora vuelve a ser el momento de la política. La sociedad civil es ahora y en todas partes muy y muy importante. Y todavía más en Catalunya. Y que el substrato mental y de valores de un país sea sólido también es esencial. Pero también en esto –como en el Estatut– ahora tenemos lo que tenemos. Ahora que la reacción del país es urgente. Y la urgencia pasa por la política. Y por la manera de hacer política. Por la capacidad de presentar un proyecto colectivo que vaya más allá del ir haciendo. Más allá de la administración más burocrática que impulsora. Por la capacidad de dar cuerda al país.
Ahora prima mucho la crítica a la política. Prima el mal humor, la invitación al voto en blanco, o la abstención. Todo ello en parte justificado. Pero inútil. Nocivo. Que los partidos políticos recuperen el lenguaje y la capacidad de propuesta entusiasmadora que necesitamos, pero que el país en general tome conciencia de que en democracia la gente, la sociedad, las personas, tienen su propia responsabilidad política.