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Hoy hay más de un tema de gran actualidad, empezando por las consultas populares por la independencia y lo que significan. Pero tiempo habrá para hablar de ello. Podemos, por lo tanto, dar prioridad a otro tema de hoy, que es la conferencia de Copehnaguen sobre el cambio climático. Y el tema general de la política medioambiental. Que no es exactamente lo mismo.
En lo que concierne al cambio climático hacemos nuestra la posición de una publicación tan prestigiosa como The Economist, que resume la portada del número del 3 de diciembre. Dice: «Stopping climate change», Parando el cambio climático. Y le dedica un editorial ponderado.
Dice que «la subida de temperatura podría ser marginal y autorregulada». Concretamente utiliza la palabra self-correcting. Pero añade: «Pero podría ser que no fuera así» (que no fuera marginal and self-correcting), y entonces las consecuencias serían graves.
Y explica que «el panel intergubernamental sobre el cambio climático» —IPCC en iniciales inglesas—, es decir, el organismo creado por la ONU para establecer el consenso científico sobre este tema, sitúa el margen de posibles incrementos de temperaturas a finales de siglo entre 1,1 y 6,4 grados. Por lo tanto, da una información muy poco precisa. Y dice The Economist que si el aumento fuera de 1,1 grados, la diferencia sería «barely noticeable», es decir, poco grave. Si fuera de 6,4 las consecuencias serían gravísimas. Y por eso The Economist llega a la siguiente conclusión, que traducimos: «A pesar de que los beneficios de evitar una catástrofe así son muy y muy grandes, el coste de evitarla podría no ser tan enorme. Podría ser de un 1% del producto mundial, siempre que se hiciera una política adecuada». Este periódico (The Economist), calcula que el Mundo debería tener este gesto (es decir, pagar), de la misma forma que los propietarios de una casa gastan una proporción semejante de sus ingresos para asegurar sus inmuebles contra el riesgo de desastres.
Y sigue: «El problema no es la falta de tecnologías de baja producción de carbónico. La electricidad se puede generar por fisión nuclear, o por centrales hidráulicas, o por biomasa, o puede ser eólica o solar. Y los automóviles y los camiones pueden funcionar con electricidad o biocombustibles. Ni, repetimos, el problema es económico. Un 1% del producto económico global no es demasiado para un proyecto de estas características. Salvar los bancos ha supuesto un 5%».
Totalmente de acuerdo. Está claro lo que hay que hacer. Es cuestión de ver cómo, de definir las responsabilidades de cada uno, de escoger las tecnologías más adecuadas. Es evidente que todo esto es más fácil de decir que de hacer y todavía más a nivel mundial. Pero por lo menos las ideas son claras. Y la sensibilización, alta. Ya veremos si a partir de aquí en Copenhaguen se encarrilan bien las cosas. Y si después los gobiernos y la sociedad en general son consecuentes. Y si son capaces de vencer las resistencias que, con toda seguridad, habrá. Por inercia o por interés inmediato. Y de poner de acuerdo situaciones tan diferentes como la de los países muy desarrollados y la de los emergentes o simplemente pobres.
Y si son capaces también de vencer los planteamientos muy radicales y paralizadores que con seguridad también habrá. Porque como muy bien dice The Economist la electricidad se puede generar por fisión nuclear (es decir, por centrales nucleares), o por centrales hidráulicas (es decir, por embalse), o por biomasa, o por viento (es decir, por grandes parques de molinos de viento), o grandes superficies de placas solares. Y los automóviles y los camiones pueden funcionar con electricidad y biocombustibles. O sea que la Humanidad dispone de todo un conjunto de técnicas y de herramientas para actuar eficazmente. Pero si se extendiera la idea de que de energía nuclear nada de nada, de que no hay que hacer embalses porque alteran el paisaje, que nada de nada de biomasa por no se sabe qué razón, y nada de molinos de viento porque son un peligro para los pájaros o de grandes superficies de placas fotovoltaicas, y que de ninguna manera los biocombustibles porque la agricultura no ha de servir para esto, entonces el problema será insoluble. Si el radicalismo fundamentalista se impone sentimental e ideológicamente, el problema no tendrá solución. Y el Mundo se quedará encallado. Y la lucha contra el cambio climático en la práctica, paralizada.
No sería un problema ni técnico ni económico. Ni propiamente político. Sería un problema de manera de hacer política. Y de oposición radical a un sistema político, económico y social que ha tenido y tiene sus defectos —que hay que enmendar y que se puede enmendar—, pero que ha creado y ha difundido riqueza por todo el Mundo.
En Copenhaguen se habla de dinero, de tecnología y de cuotas, pero también hay una batalla latente entre propuestas atrevidas, pero equilibradas, e iluminismo.