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No todo se juega en Copenhaguen

Jordi Pujol
Editorial / 22 de Diciembre de 2009

Decíamos hace una semana, a propósito de la conferencia de Copenhaguen y basándonos en los datos del IPCC, es decir, el panel intergubernamental sobre el cambio climático de la ONU, y en un reciente editorial muy equilibrado de The Economist que las previsiones sobre lo que el calentamiento global podían suponer oscilaban entre el 1,1 y los 6 grados. La primera, una previsión muy soportable para el conjunto del planeta, y la segunda, catastrófica. Y parece que en Copenhaguen se ha trabajado sobre la base de que es necesario evitar que el calentamiento global sea de más de 2 grados.



Debemos suponer que ha sido así partiendo de un notable consenso científico. Y de un cálculo de probabilidades serio y prudente. Es decir, ni negacionista ni apocalíptico.

Que esto sea de aceptación general es un hecho positivo. Y no hay que escandalizarse por el hecho de que de momento no se haya podido llegar a un acuerdo firme, detallado y global sobre la manera de actuar. Sobre cómo distribuir los sacrificios, sobre cómo escalonar los esfuerzos, sobre quién debe aportar más dinero, y quién debe recibirlo, y qué cantidad, etc. Pero es sobre esto que hay que concentrar los esfuerzos, y no crear sobreexcitación. No hay que dar alas a un fundamentalismo medioambientalista.

Evitar que la temperatura suba más de dos grados está al alcance del Mundo. Lo está técnicamente, económicamente y políticamente. E incluso más, si fuera necesario. Lo decíamos en el editorial del pasado martes. Y en Copenhaguen algún progreso se ha hecho en este sentido. Probablemente con el tiempo nos daremos cuenta de que Copenhaguen no ha fracasado tanto como ahora parece. Pero muchos países necesitan más tiempo para aceptar los sacrificios y los cambios que esto comporta. Por otro lado, hay que evitar otro tipo de peligro, que el pasado martes también denunciábamos. Decíamos «si se extendiera la idea de que de energía nuclear nada de nada, de que no hay que hacer embalses porque alteran el paisaje, que nada de biomasa por no se sabe qué razón, y nada de molinos de viento porque son un peligro para los pájaros o de grandes superficies de placas fotovoltaicas, y que de ninguna manera los biocombustibles porque la agricultura no ha de servir para esto, entonces el problema será insoluble. Si el radicalismo fundamentalista se impone sentimental e ideológicamente, el problema no tendrá solución. Y el Mundo se quedará encallado. Y la lucha contra el cambio climático en la práctica, paralizada».

Será necesario que los gobernantes no sólo sean capaces de asumir dicha responsabilidad, de llegar a cuerdos entre estados y de presentarlos a sus pueblos de una manera convincente (también en lo que tengan de difícil aceptación), sino que además deberán resistir las presiones sistemáticamente negativas de sectores medioambientales muy radicales.

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O sea que la discusión y las tensiones sobre el cambio climático no se dan sólo en Copenhaguen y a nivel global, sino también dentro de cada país.

Pero dentro de cada país la cuestión medioambiental tiene una segunda dimensión, que ya no hace referencia tan sólo a la temperatura. Porque, como también decíamos la pasada semana, el tema del cambio climático y de la política medioambiental en general no son exactamente lo mismo.

A nivel no tan global sino más directamente vinculado con el territorio, la defensa del medioambiente sólo en parte está relacionada con la temperatura del Mundo. Por ejemplo, el tema del suministro de agua en las cuencas interiores de Catalunya —que tanto se discutió hace un año y medio—, o la limpieza de nuestros ríos, o el problema del Segarra-Garrigues y de los sisones o de las alondras de DuPont en un territorio concreto, o la compatibilidad entre un PEIN y una determinada actividad económica, o el trazado de una carretera y su impacto sobre el paisaje, o de una línea eléctrica, o de unas casas, etc. O si se pueden plantar transgénicos o no. O si se puede hacer una determinada pista de esquí. O un vertedero. Y tantas y tantas cosas. Todos estos temas —y tantos y tantos más— no forman parte directamente de la agenda de Copenhaguen y del cambio climático, pero son de una gran importancia, de mucha importancia para la economía, el bienestar y el equilibrio de un país. Y concretamente de Catalunya. Y dado que no tienen una relación directa podríamos ahora no hacer referencia a estas cuestiones. Pero hay una estrecha relación psicológica, sentimental e ideológica —y a veces política— entre los posicionamientos más radicales referentes a un posible cambio climático y los posicionamientos también más radicales en la defensa del medio ambiente en el ámbito más inmediato.

En el ámbito de todos los casos a los que nos acabamos de referir, y que son el pan nuestro de cada día, en Catalunya es muy potente la cultura del no. La cultura de la obstrucción constante. De hecho, es una mentalidad antisistema. Y es cierto que el sistema político, económico, social y en general de valores que tenemos debe ser constantemente vigilado y reformado en todo lo que convenga, pero la mentalidad negativa y de freno sistemática sin contrapropuestas viables y productivas puede conducir a una gran estancación y a un grave retroceso.


Todo esto en Catalunya ya hace tiempo que está teniendo efectos negativos. Que hace fracasar proyectos, que ayuda a desplazar actividades económicas fuera de Catalunya, que desanima iniciativas. Debe haber vigilancia e intervencionismo, pero si se practican de forma que llegan a obstaculizar el progreso de un país son socialmente perniciosos. Y este es ahora el caso de Catalunya. El fundamentalismo de algunos sectores políticos y sociales está frenando el país. Gravemente. Y esto no nos lo podemos permitir jamás, pero menos aún en los tiempos que corren.