Este riesgo de perder peso y capacidad de ser sujeto y no sólo objeto, se da en el campo económico. Y también en el político. Pero se da más aún, y de una forma que podría ser irreversible, en lo que concierne a la identidad. Y finalmente en lo que concierne a la conciencia de país. Si esto se perdiera se perdería toda capacidad de protagonismo, es decir, de ejercer papeles realmente importantes. También en el campo político.
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La identidad catalana no se basa sólo en la lengua catalana (y en la cultura vinculada a la lengua). Tiene otros componentes, como la memoria y el sentimiento, y un conjunto propio de valores y de hábitos que configuran una mentalidad y una conciencia colectivas. Pero la lengua es un elemento muy sustancial de la identidad. Especialmente en el caso de Catalunya. Pero no somos excepción. Una definición muy habitual ahora en Francia (donde, por cierto, hay un gran debate sobre la identidad francesa) es la siguiente: «¿Qué es Francia? Es el Estado, es decir, las instituciones y la lengua». Es evidente que Francia es más cosas: es la historia, los llamados valores republicanos, etc. Pero el núcleo duro de Francia, dicen, es el Estado y la lengua. Y les preocupa mucho, pero mucho, que el francés pierda peso en el mundo. Y que se introduzcan expresiones anglosajonas.
Pues bien, para Catalunya, la lengua también es esencial. Más que para Francia, porque tenemos menos Estado.
Y está muy presionada. Hace poco un novelista catalán –Carles Casajuana– ha escrito una novela titulada L’últim home que parlava català. Un título que produce angustia. Que un ensayista francés –Jean Soublin, Le Monde 17-XII-09– comenta con distancia, curiosidad y un punto de displicencia. Él, Jean Soublin, que seguramente se enerva cada vez que le dicen que un colegio de Denver (Colorado) ha decidido no enseñar más el francés como lengua extranjera y sustituirlo por el castellano. No obstante, Casajuana, que es relativamente joven y que es un diplomático de alto nivel internacional, es decir, que no es un irreducible arrinconado, escribe la novela en catalán. Y dice que «las palabras que en principio parecen medio muertas pueden resucitar inmediatamente». Si se defienden bien, añadimos nosotros.
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Si se defienden bien. Es decir, en nuestro caso, si las queremos defender y las defendemos de verdad.
En todos los ámbitos.
En el de la legislación, para empezar. Durante las dos últimas décadas la legislación ha establecido unos cuantos derechos y deberes –importantes y positivos– que el nuevo Estatuto, si se superara el obstáculo del Tribunal Constitucional, debería consolidar y ampliar.
a) La oficialidad el catalán, y por lo tanto que sea la lengua propia de las administraciones catalanas. Que sea la lengua vehicular de éstas.
b) El derecho de todos los ciudadanos de Catalunya de ser atendidos en catalán (y en castellano). Es decir, no se podrá exigir que te hablen en catalán, pero sí que te entiendan y te atengan. Y esto en todos los ámbitos: administrativo, social, comercial, policial, judicial, etc.
c) Que permita la inmersión lingüística en la enseñanza. Como se hace ahora.
Todo esto, si se aplica, puede representar un gran soporte para el catalán. Empezando por las propias administraciones catalanas. Recientemente algunos ayuntamientos catalanes han establecido la norma que el catalán sea su primera lengua. El haber tardado tantos años en hacerlo indica desinterés por parte de estos ayuntamientos. Y en estas condiciones, ¿qué se puede esperar de la gente en general y de los propios funcionarios?
Por otro lado, muchos catalanohablantes son blandos, y a veces incluso indiferentes, en lo que concierne al uso del catalán. Lo son cuando tratan con la administración, pero también lo son, y mucho, en el lenguaje coloquial. Y con una actitud así no hay leyes que valgan, el catalán reculará. Y esto se incrementará mucho ahora con el gran volumen de inmigración, y tan diversa, que desde hace diez o doce años tenemos. Que muy pronto puede llegar a la conclusión, en muchos lugares y ambientes de Catalunya, de que no es necesario ni hablar ni entender el catalán. Que es innecesario. Que no es necesario saberlo para muchos trabajos y muchos actos administrativos. Y que, por lo tanto, finalmente es un estorbo.
De esto, los catalanohablantes, repito, tenemos la culpa. Y podríamos decir que los catalanes en general. El catalán no es sólo un instrumento de comunicación. Como lo pueden ser las banderas que los barcos utilizan para comunicarse entre ellos. Una lengua es mucho más. Es uno de los actos de identidad más potentes que existen. Lo es para los franceses, por ejemplo, como antes hemos dicho. Y si lo es para los franceses, y en realidad para todo el mundo, ¿no lo será para nosotros? Y entonces, la lengua, cuando ya no es tan sólo un instrumento de comunicación, sino un signo de identidad profunda que garantiza la continuidad de una cultura y de un sentido colectivo, toma una importancia y una dignidad muy grandes. Y es necesario defenderla.
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La sentencia pendiente del Tribunal Constitucional preocupa desde muchos puntos de vista. Pero uno de ellos podría ser especialmente grave, y es que representara un retroceso de cara a los derechos y a los deberes lingüísticos de los ciudadanos de Catalunya.
Por ejemplo, que se recortara la posibilidad de practicar la inmersión lingüística en la escuela. Sin la inmersión lingüística bien aplicada la avalancha migratoria de estos últimos años, que ya ha tenido efectos negativos en cuanto al uso del catalán, los hubiera tenido aún peores. Peligrosamente peores.
La inmersión lingüística en escuelas con mucha inmigración, y muy diversa, es un hecho muy positivo también desde otro punto de vista: la aceptación en general buena por parte del mundo de la inmigración. Gente que ha llegado a Catalunya sin saber que se encontrarían con otra lengua, además del castellano, y que los hijos tendrían que aprenderla. Esto habla bien de todos, de la sociedad receptora y de la gente recién llegada. Y es muy importante porque en el grado de penetración del catalán en la inmigración se juega una parte importante del futuro de nuestra identidad.
De hecho, esto se juega en todos los ámbitos de relación entre sociedad receptora e inmigración. Entre sociedad receptora y nuevos catalanes (nuevos catalanes por decirlo como corresponde a la mentalidad y la doctrina tradicionales en Catalunya sobre esta cuestión). En todos los ámbitos, pero en el de la lengua especialmente. Como se jugó con la inmigración de los años 50, 60 y 70. Una inmigración muy diferente de la de ahora, pero también con problemática lingüística. Y los tiempos entonces también eran difíciles. Pero entre todos lo resolvimos aceptablemente bien.
En términos lingüísticos, pero también de convivencia y de cohesión. Todos nosotros podemos estar satisfechos de ello.
Gracias al hecho de entender bien que en una situación así hay derechos y deberes por parte de unos y de otros. Derechos de los recién llegados, que deben recibir un trato justo y que les abra perspectivas de futuro –de ascensor social como decimos en Catalunya–, y de la sociedad receptora que tiene que poder preservar su forma de ser. De la cual la lengua propia es un componente esencial.