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La frialdad se paga

Jordi Pujol
Editorial / 17 de Octubre de 2006

La suspensión de una reunión cumbre europea que se preveía hacer en Barcelona alegando que no se podía asegurar la normalidad y el orden ante orden unas posibles actuaciones violentas de grupos antisistema es una muy mala noticia para la ciudad y para toda Catalunya.



Muchas ciudades europeas han acogido reuniones cumbre en condiciones difíciles y nunca se habían suspendido. Porque una decisión así es una claudicación muy grave ante la violencia y el chantaje.

No es objeto de este editorial analizar las posibles razones de esta decisión. Puede haber  diversas: razones políticas y de interés electoral, una manifestación más de la suspicacia del Gobierno Central hacia Barcelona, descoordinación entre las instituciones, etc. Pero lo que esta editorial quiere es señalar que el origen de todo esto viene de lejos, y que no es sólo político. En todo caso no quiere hablar del aspecto político.

Lo que se propone es decir que este hecho lamentable es sobre todo resultado de una actitud intelectual y moral (y finalmente política, claro está) muy extendida desde hace años en sectores importantes de nuestra sociedad. Una actitud que ha rechazado las normas, el respecto de las cosas y de las personas, el sentido de responsabilidad y del bien común. Ya hace años que lo denunciamos. Muchos años. (Tal y como escribí en un artículo del Avui del 15 de mayo de 2005 con un título lo suficientemente claro  “La cultura “del respeto”).

Con la respuesta por parte de muchos responsables políticos sólo de sonrisas condescendientes. O bien con frases como las de que “Barcelona se ha convertido en la capital de la transgresión”. Esto dicho como un hecho muy positivo, como un hecho de orgullo. Con tonta vanidad. Y esto es una barbaridad. Y dicho por altos cargos políticos los descalifica.

Ya hace tiempos que sabemos que en los ambientes antisistema de toda Europa –violentos o no- se ha extendido la idea que Barcelona, por su permisividad, por la complicidad de algunos estamentos públicos es la mejor ciudad de Europa para el barullo. También para el barullo violento. Y por las actividades anticívicas.

De hecho está bien que aunque sea muy tarde, y ya habiendo pagado un precio alto en prestigio, grado de convivencia y calidad ciudadana se haya empezado a reaccionar con ordenanzas, policía y sanciones. Pero hace falta ir más a la raíz del problema, que es de educación, de valores, de rechazo claro y limpio de todo lo que va contra el respeto que nos debemos los unos a los otros y que todos debemos a nuestro entorno y a nuestra sociedad.

Y no seguirlo cubriendo con el manto de un progresismo que ya no no es. Que está superado, que está cansado, que es anacrónico. Que a veces llega a ser reaccionario. Como en este caso. Ahora mismo aplaudir sistemáticamente la transgresión, tolerar con media sonrisa comprensiva la falta de respeto, rechazar la autodisciplina, decir que todo vale no está en la línea del progreso, sino del fracaso. Y si nosotros no nos damos cuenta vendrán los de fuera y nos lo harán entender. Vendrán de cualquier lugar dónde haya seriosidad y sentido claro del bien común. Y ya es gordo que hayan venido de Madrid, como por ejemplo han venido. Con nuestra complicidad.

Hace muchos años que demasiada gente intelectualmente, mediáticamente y políticamente influyente van dando vueltas en torno a ellos mismos, sin darse cuenta de lo que pasa fuera de un círculo bienpensante. Añorando el 1968, sin darse cuenta que lo que de bueno  tenía el 1968 ya ha dado su fruto, y que seguir aferrado ya es ir contra el progreso que ahora pasa por otros caminos.

Si no hay otra manera de hacerlo, entender desde casa que al menos la gente que aquí se las da de progresista se entere bien de qué pasa afuera. Que lea más, o que vaya con el ánimo abierto a captar lo que realmente se hace. De qué pasa en países que tienen fama de ser países de progreso. Y verán, los de aquí, que ya desafinan.

Todo esto hace falta tenerlo presente en la escuela, en los medios de comunicación, en el discurso y en la política, y por todas partes desde dónde se puede ejercer una influencia, especialmente sobre los jóvenes. Y en las familias. Y todo sin olvidar que el respeto se ha de conseguir por persuasión, por educación, por creación de ambientes y de ámbitos positivos, acogedores y que abren perspectivas positivas. Sobre todo esto. Pero también a través de la compulsión que el legítimo poder público democrático tiene derecho a ejercer. Y que llegado el caso tiene la obligación de ejercer.


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