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Hay que tener presente que los próximos años serán difíciles para Catalunya. Lo serán como economía, lo serán como sociedad, lo serán como nación. Lo serán por causas propias –y por fallos propios– y también por causas más generales. Los próximos años serán difíciles.
Es cierto, también, que Catalunya tiene muchos activos. Muchos más de los que la niebla del momento presente nos deja ver. Estos activos, desde los económicos a los culturales, desde los más institucionales a los más populares, ya han sido el tema de estos editoriales en varias ocasiones. Hoy no vamos a insistir, pero es necesario que la gente los tenga presente. Que sepa que están. Y que sepa que son activos consistentes.
Pero para hacer rendir estos activos y para superar la situación actual hay que cambiar una forma de ser, sobre todo en el campo político, y en general en el campo público (es decir, en el mediático, en el de las instituciones civiles del país, etc.). Un cambio fácil de hacer. Simplemente hay que introducir la seriedad en la política y, en general, en la vida pública.
Puede parecer una propuesta muy esquemática, demasiado elemental. Pero esto solo ya daría un vuelco a la política y a la sociedad catalana. Porque necesitamos recuperar confianza. Necesitamos no malgastar nuestros recursos ni malbaratar nuestra imagen. Necesitamos ser eficaces, cumplidores y buenos servidores del interés general. Todo esto requiere seriedad.
Necesitamos evitar que el espectáculo prevalga sobre la eficacia y el servicio.
Necesitamos hacer que no sea tan difícil tomar iniciativas en Catalunya. Que poner en marcha una fábrica o una granja o ampliar una explotación agraria no sea más difícil en Catalunya que en muchos otros lugares.
Que el intervencionismo político y administrativo no ahogue y no frene tantas iniciativas de todo tipo. Y que no las vuelva a controlar.
Que la Administración no se llene de organismos innecesarios, de duplicaciones de áreas y de incremento incontrolado de personal.
Necesitamos que la incoherencia y la contradicción no dominen nuestra acción pública. En general, pero menos aún la acción de gobierno.
Necesitamos que nuestra imagen de país dé sensación de solidez y de trabajo bien hecho y no tanto de deseo de inmediatez poco consistente.
Todo esto –repitámoslo– tiene un común denominador, que es la seriedad. Un concepto que incluye el sentido del bien común, el espíritu de responsabilidad, la exigencia y la autoexigencia.
La seriedad no quiere decir ni tristeza ni mentalidad reservada. Quiere decir realismo. Quiere decir explicar la verdad, es decir, la dificultad del momento. Sin prometer lo que no se puede prometer, pero explicando lo que se hará para superar la situación. Y esto en dos dimensiones. Una, la de los objetivos inmediatos, que no resolverán la crisis pero que marcan el camino de la recuperación. La otra, la del horizonte más lejano y definitivo.
Y dado que hay que explicar bien las cosas hay que estar muy cerca de la gente. No para engatusarla, sino para compartir la dificultad del momento. Y para hacer que no le pasen desapercibidos los hechos positivos –que los tenemos– y los motivos de esperanza –que también los tenemos.
Hay gente a quien la política le resulta divertida. De cara a los próximos años, estos que se retiren. Serán un estorbo y harán más daño que otra cosa.
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Se aproximan años difíciles. Pero los primeros años 80 lo fueron tanto o más. Tuvimos un paro del 22%, más que ahora. Se vino abajo una gran parte de la industria textil y parte de la metalúrgica. Y muchos otros sectores también se vieron afectados. La protección social no era como ahora. Las pensiones eran muy bajas. No había la sanidad que ahora tenemos. Y la Generalitat era política y económicamente mucho más débil que ahora. Y lo remontamos. Dando la cara y sin hacer juegos de manos. Sin contradicciones constantes. Con una acción a veces insuficiente, pero siempre coherente y seria.
Esto es lo que ahora se necesita. Todo el mundo sabe que los resultados no serán inmediatos. Pero todo el mundo reclama que desde todas las instancias, y especialmente desde las instituciones políticas, se trabaje con este estilo estricto y serio.