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La destrucción del adversario

Jordi Pujol
Editorial / 22 de Junio de 2010

En el año 2002 hice un discurso titulado «Grandeza y miseria de la política». Decía –por convicción propia, pero emparándome en un texto de Aristóteles– que la política era el oficio más noble de todos porque tenía como objetivo el servicio a la colectividad. A la gente. A la sociedad. Más noble incluso, decía Aristóteles, que la ética, porque la ética tiene un carácter más individual; en cambio, el ámbito de la política y del servicio que debe realizar es colectivo.



Pero también decía, en esta misma conferencia, que la política es un oficio que muy fácilmente puede degenerar. Según como, el que más. Porque contiene un componente muy importante de lucha por el poder. Y el poder –no tan sólo el político, también el económico o el social, o cualquier tipo de dominio– fácilmente puede corromper. Incluso el camino para conseguir el poder invita a caer en formas de hacer éticamente muy reprobables.

Hay que decir que en la vida –tanto en el terreno privado como en el público– existe mucha competición. Mucho enfrentamiento. Pero especialmente en el campo político, porque el objeto es el poder más importante, es decir, el del gobierno y el del más alto nivel de autoridad. Esto en teoría, porque a la práctica no siempre es así. A veces el poder político viene muy condicionado por el poder económico, el de determinados sectores sociales, etc. Pero en principio y como norma el poder político y la autoridad que conlleva constituyen el nivel más alto de la jerarquía de un país (o de una ciudad). Es el nivel que permite gobernar y tomar las decisiones más trascendentales. Es lógico, por lo tanto, que sea objeto de todo aquél que quiera actuar e influir en la sociedad, en el país. Con ánimo positivo y constructivo, y con espíritu de servicio. ¿Qué gozo más grande y más de agradecer puede haber que, en el nivel que corresponda, gobernar el propio país, o el propio pueblo, o la Unión Europea? Pero a veces la ambición de poder no es tan desinteresada. Del poder, si se quiere y se sabe hacer, también se puede sacar provecho. En beneficio propio. Es la degeneración que decíamos, que puede estar presente desde el primer momento en la vocación y la ambición políticas, o bien introducirse sutilmente en la mente del político que cuando consolida una posición de poder se da cuenta, o le hacen darse cuenta, de que puede sacar-le provecho personal. Que puede ser de carácter económico o de ostentación, o simplemente de abuso del poder.

Todo esto viene al caso para hacer ver, por un lado, la importancia del poder y el beneficio que bien ejercido puede reportar a un país, y en general a una colectividad, y por lo tanto la nobleza que puede tener el ejercicio del poder. Que también, hay que decirlo, es una tarea difícil, comprometida y arriesgada. Y también viene al caso, por otro lado, para entender que en la lucha por el poder haya un componente de ambición malsana.

Es, por lo tanto, muy comprensible que la competición por el poder sea muy encarnizada. Y que no siempre se lleve a cabo en términos éticamente correctos. Que se utilicen armas destructivas del adversario radicalmente inmorales. Que alguien se salte el mínimo fair play que también en una contienda política hay que observar. Entre otras razones porque si no se observa el juego –es decir, la competición–, degenera. Se hace inviable. Se autodestruye. Es decir, la política se corrompe y deja de ser la actividad que puede hacer posible la dirección y el impulso positivos de un país.

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Todo esto sirve de introducción para decir que una de las señales de degeneración de la política es que la destrucción del adversario llegue a jugar un papel primordial. La confrontación política no es un amable juego de entretenimiento, conlleva dureza. Y hay ganadores y perdedores. Perdedores que a veces ya no se reharán. Tampoco en democracia. Pero tiene que basarse mucho más en propuestas y proyectos. Y en la exigencia de conductas honorables. También en críticas, por supuesto. Y se puede y se tiene que llevar a veces hacia estas críticas. Pero cuando en un país la crítica ad personam y la disputa constante y el menosprecio y la acusación gratuita o la calumnia dominan la política ya se puede afirmar que, en aquel país, la política bajará muchísimo de nivel, que se arrastrará por el suelo. Y el país andará mal. Tarde o temprano muy mal, porque un país que no tenga una buena política no va bien. Buena política en las normas y buena política en los valores.

Una de las señales claras de que la política ha degenerado es que la voluntad de destrucción del adversario juegue un papel importante, e incluso dominante. Y a veces pasa. A veces pasa que los programas y los proyectos y las propuestas –e incluso las críticas más duras y graves si es necesario, pero que no caen en la calumnia ni en la pura inventiva o el cainismo– desaparecen, y lo que domina es claramente la voluntad de destruir.

Como sea. De destruir al adversario. Al servicio de una campaña de destrucción se puede poner ingenio e inteligencia. E incluso puede tener éxito. Pero este éxito conllevará un gravísimo desprestigio de la política y un grave daño al interés general.

Si este espíritu, el de la destrucción, se impone, no volverá a haber buena política. Buena política, es decir, política realmente democrática (la democracia sólo es posible en un marco de fair play y de convivencia) y política realmente al servicio del interés general. 

La política que da preferencia a la destrucción es temible. Puede hacer mucho daño. Pero es señal de impotencia. Cuando no se tiene un buen balance o cuando no se tiene programa ni proyecto, o cuando no se tiene tampoco capacidad de ilusionar, cuando simplemente se es impotente, la tentación de hacer guerra de desprestigio y de destrucción es grande. Como cuando un ejército se encuentra ante una gran dificultad y decide hacer guerra de tierra quemada.

Esto debilita todo el país. Porque crea enemistades profundas –¿quién hablará en estas circunstancias de política de unidad?–, porque destruye el clima de diálogo, porque la estrategia de atacar o hacer daño y protegerse de una posible respuesta también malintencionada ahoga la política de propuesta constructiva y, más encarada, de entente. 

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Es una mala señal, repito, que un partido que se encuentra con una dificultad en lugar de reaccionar con propuestas positivas se refugie en una política de destrucción y de embrutecimiento. Es señal de que realmente ha perdido consistencia y sustancia. De que ha quedado vacío por dentro. Si el país sigue teniendo vivos los reflejos y claras las ideas, lógicamente se dará cuenta de ello. Y la maniobra puede ser contraproducente. Es más, responde al interés del país que así sea.


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