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Todavía no conocemos los fundamentos jurídicos de la sentencia. Y menos aún su letra pequeña, o pequeñísima. Que conociendo por experiencia el trazo y la sutilidad –realmente remarcables– de la administración española obliga a ser muy prudentes. De hecho, muy desconfiados.
Pero, por lo que sabemos, la sentencia, en temas muy importantes como son la Administración de Justicia, la financiación y el tema tan determinante del régimen lingüístico, o será simplemente muy negativa o tendrá unos puntos de ambigüedad que por experiencia sabemos que acaban siendo utilizados en contra de nuestros intereses y en contra de componentes muy básicos de la catalanidad.
Pero hay otros elementos negativos a tener en cuenta.
La oposición contra el Estatut se ha acompañado de una campaña que no se ha limitado a los aspectos políticos y jurídicos, sino que ha tenido una dimensión mediática, intelectual y ciudadana de gran intensidad. Y de gran amplitud, es decir, ha sido muy general. En estos momentos parece que en los ambientes políticos esté bajando intensidad, pero es porque consideran ganada la batalla. Porque hipócritamente quieren hacer ver que no ha ocurrido nada.
La consideran lo bastante ganada para volver a hacer apelaciones interesadas y partidistas al «seni catalán» pero sin poder esconder un punto de displicencia. Porque es displicencia que Rodríguez Zapatero diga textualmente «habrá que transcurrir algún tiempo para que cicatricen los rasguños que la controversia política ha abierto». No. En todo este proceso no ha habido tan sólo unos cuanto rasguños, como los que puede tener un coche que se arrima a otro coche. Ha habido un topetón serio entre dos ideas de de lo que tiene que ser el papel de Catalunya dentro del Estado y sobre la garantía que tiene derecho a tener referente a su identidad, es decir, a su responsabilidad diferenciada. Ha habido un topetón que ha afectado a los motores de los dos coches. Y especialmente al nuestro, que no es un coche blindado.
Calificarlo de rasguños denota un menosprecio parecido al del dueño del Ferrari, como los que tienen algunos nuevos ricos, que choca con un coche más modesto (que, naturalmente, es el que más perjudicado sale) y baja del coche y con semblante paternal dice: «Y vaya usted con Dios, buen hombre». Es una actitud que oscila entre la intensidad y el cinismo.
Pero además de las consecuencias concretas que la sentencia puede tener sobre el régimen lingüístico, sobre la financiación, sobre los símbolos nacionales, sobre la Administración de Justicia, etc., hay otro punto esencial. Y todo el proceso del Estatut y también todo lo que se ha producido durante cuatro años alrededor del Tribunal constitucional (TC) nos recuerdan, y es que lo que está en juego va más allá. Y que realmente lo que se discute es la pervivencia y la operatividad de Catalunya como pueblo con personalidad propia. Dentro de España –el Estatut no es independentista–, pero con personalidad propia. Reconocida y operativa.
Y en este sentido por un lado está la sentencia, que cuando la conozcamos del todo sabremos si habrá sido una castración sólo química o también física, pero que en cualquier caso habrá significado un recorte sustancial del Estatut. Y por otro lado está el clima creado alrededor de la sentencia y que desgraciadamente afecta a la gran mayoría de la opinión pública española que bajo una presión política, intelectual y mediática muy generales ha ido virando hacia una fuerte hostilidad para con Catalunya.
La responsabilidad de esto corresponde, en gran parte, al PSOE. Como se diría en castellano «por dolo o por imprudencia temeraria». Probablemente por una mezcla de las dos cosas, por maldad y cálculo y por frivolidad y mentalidad de pícaro.
Esto no quita que la reacción del PP sea cínica. Del PP que ahora –a nivel español y también catalán– pone cara de no saber de qué va. Y de deshacedor de entuertos. Pero que es quien presentó el recurso. Les conocemos lo bastante para saber que por doctrina y visceralidad son radicalmente contrarios al hecho de que Catalunya sea algo que estrictamente no sea una provincia sin personalidad propia. Ni cultural ni lingüística ni política ni por sentimiento.
A todo ello hay que dar respuesta. Democrática, pacífica y positiva, pero rotunda.
Una respuesta que se tendrá que articular de varias formas y etapas, pero de la que la manifestación del día 10 tiene que ser la primera prueba. Por lo tanto, tiene que ser una manifestación masiva, muy masiva. Muy potente. Y evidentemente, ordenada, cívica y respetuosa.
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Un país como el nuestro, que quiere encarrilar sus reivindicaciones por caminos de civismo, diálogo y movilización ciudadana no puede fallar en el uso de estas armas pacíficas y democráticas. Si no las utiliza bien y con éxito fracasará penosamente. Y lo hará en puntos esenciales: la reivindicación de su dignidad, el respeto de los otros y la autoestima. Y dará la razón a los que dicen que al PSOE y al PP, y de hecho al conjunto de España, «los catalanes protestarán un poco, pero no harán nada». O aquellos que, también despectivamente, con sorna dicen, cuando se les recuerda algunas grandes manifestaciones en Barcelona, «sí, pero sólo saben manifestarse bien por causas ajenas».
Es preciso, por lo tanto, subrayar al máximo la importancia de esta manifestación. Porque es cierto que la manifestación no cambiará la sentencia y menos aún los objetivos de centralización a fondo y de gradual arrinconamiento y debilidad de la personalidad catalana. Pero sin todos estos factores de respecto por parte de los demás –ahora no nos lo tienen– y de propia autoestima –que ahora nos podría fallar– no seremos capaces de defender la causa y los intereses de Catalunya, aquí y en Madrid, y en Europa.
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Porque es vedad que el Estatut no habrá significado una solución estable del encaje de Catalunya en España. Que era lo que se pretendía.
Es más, es muy y muy probable que lo haya complicado. Por tanto, habrá que seguir luchando por Catalunya en tanto que nación, en tanto que lengua y cultura, en tanto que poder político y posibilidades económicas, en tanto que sociedad cohesionada, convivencial e integradora, en tanto que país capaz de adquirir calidad en todos los órdenes y de hacer uso de ellos.
Pero todo esto vendrá al día siguiente del 10 de julio. Porque ya dijimos hace tan sólo ocho días que la reacción contra la sentencia no podía ser espasmódica, sino persistente. Entonces, y con el impulso que nos tiene que haber dado la movilización, será necesario ponerse a trabajar no para tapar los «rasguños», que dice Zapatero, sino para recuperar la fuerza y la ilusión colectivas que habíamos tenido, para recuperar también la seriedad y la autoexigencia, para hacer frente al momento difícil que en muchos aspectos vivimos –económico y social, sobre todo.
Para que se note la fuerza política y moral de Catalunya con toda su potencia. Que es mucha más de la que la gente corta de memoria y obsesionada por las luchas cainistas que gobierna o quiere gobernar España se piensa. Y que no se da cuenta de que las cosas no son como hace unos cuantos años.
Con la condición, claro está, de que Catalunya también se dé cuenta de que no se les puede tener confianza y de que se sienta fuerte.