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Voluntad de resistencia. Y la lengua

Jordi Pujol
Editorial / 13 de Julio de 2010

Sobre la sentencia del Tribunal Constitucional (TC) sobre el Estatut hay, durante estos días, todo tipo de comentarios e interpretaciones. Y en este editorial prescindiremos de hacer la lista. Porque no es un escrito de especialista ni para especialistas, sino de definición de lo que realmente, más allá de las argucias, representa para Catalunya. Y lo haremos con una par de argumentos muy breves y condensados, muy técnicos. De un catedrático de Derecho Constitucional, el profesor Joan Vintró, de la Universidad de Barcelona (La Vanguardia 11 de juliol de 2010 pàgina 27).



Hay otros textos parecidos, pero este es, repetimos, especialmente preciso. Refiriéndose a los fundamentos jurídicos de la sentencia habla de «aquellos que supuestamente son meramente interpretativos de los artículos estatutarios pero que en realidad llevan a cabo un vaciamiento completo del contenido del precepto». O bien, «el Estatut se invalida en buena medida como instrumento normativo para profundizar en el autogobierno”. Tiene sentido, por lo tanto, que el artículo se titule «Un paso atrás».

De esto, y del clima político y de la mentalidad generales en España se puede concluir –sin por desgracia peligro de equivocarnos– que entramos en una etapa de fuerte presión sobre y contra Catalunya. Muy global, es decir, que va desde la financiación hasta las competencias y también la lengua.

La respuesta de Catalunya ha tenido una primera expresión –potentísima– con la manifestación del día 10. Repetimos, potentísima. Pero deberá tener otras expresiones. Algunas, evidentemente, de carácter político. Aquí y en Madrid. Las otras de redefinición del proyecto catalanista. Es decir, de lo que desde estos editoriales ya hace tiempo que planteamos: dado que se ha echado a perder el proyecto que el nacionalismo mayoritario –y de hecho Catalunya en su conjunto– ha defendido desde los años 60, y muy especialmente a partir de la Transición –basado en un entendimiento y un encuentro fructíferos–, ¿cuál debe ser ahora el proyecto de país?

Un interrogante en un momento incierto. Menos incierto ahora que antes de la manifestación del día 10. Pero aún no del todo definido. Pero en todo caso sabemos una cosa y es que el posicionamiento de Catalunya deberá tener un elemento básico: la voluntad de resistencia.

Sólo con esto, sólo con resistencia, no es suficiente. No saldremos adelante. Pero la resistencia, el «no nos moverán», defensa de la identidad y a la vez de la convivencia y de la cohesión, es fundamental. Y aquí entran en juego varias cosas. Una de ellas, muy principal, es la lengua. La lengua catalana. Que con embestidas brutales o ataques sutiles es un objetivo muy principal de la mentalidad, del pensamiento y de la política dominantes en España. Por lo tanto, un punto fuerte y básico de la actitud de resistencia que debemos tener es la lengua. 

También aquí haremos una cita de gran autoridad. La de Jaume Cabré. Premi d’Honor de les Lletres Catalanes de este año, el escritor catalán de más eco en todo el mundo (400.000 ejemplares de Les veus del Pamano en la traducción alemana). Son palabras extraídas del discurso con motivo de la recepción del premio, el día 16 de junio de 2010.

Empieza hablando como escritor: «La escritura es un asunto del alma. Por eso, para el escritor, la lengua es su patria». Pero en seguida pasa a un ámbito más general: «Asegurar la pervivencia de la lengua para mi ya es una razón de peso para trabajar por la independencia política del país. Aunque no garantizará su pervivencia, pero ayudará. Sé que no estoy sólo, en este anhelo: además de las razones de dignidad política, social e histórica, quiero una lengua que no tenga que estar luchando con el agua hasta el cuello para sobrevivir; quiero que viva en paz en igualdad de condiciones con las lenguas que tienen un estado propio que las defiende, las protege, las alimenta, las enaltece y les da prestigio. Quiero una lengua que no tenga que pedir ni perdón ni permiso por el solo hecho de existir; no quiero que le discutan las pocas y tímidas leyes que la protegen; quiero que sus hablantes vivan sin los complejos que les llevan al auto-odio y a la renuncia lingüística para que el vecino no se moleste o, aún peor, por una supuesta y malentendida buena educación. Quiero que mi lengua sobreviva con salud en este mundo de la globalización uniformadora y no quiero tener que estar constantemente hablando de este tema. 

Que la identidad de Catalunya –y la lengua es un componente esencial de la identidad– pueda ser asegurada tan sólo a través de la independencia puede ser objeto de discusión: ya lo hemos dicho. Pero es cierto que ahora hay muchísima más gente que antes que lo ve así. Y es lógico y justo que así sea. Porque la línea de una fértil y leal convivencia ha sido interrumpida.

Es un momento, por lo tanto, en el que evidentemente hay algo que hacer. Como hemos dicho: resistir. Sobre todo en este ámbito de la lengua. Con más convicción que nunca. En el hablar, el escribir, en la escuela, en la administración, en el derecho a ser atendidos en catalán. Será preciso resistir en muchos otros ámbitos. Porque ya queda claro que el objetivo de la actual ofensiva españolista es conducir Catalunya hacia un camino que poco a poco –más deprisa que despacio– nos conduzca hacia la dilución de nuestra personalidad como pueblo. Pero el tema de la lengua es uno de los más decisivos. O el más decisivo.


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