Jordi Pujol
Editorial / 28 de Julio de 2010
La manifestación del día 10 puede que a algunos les haya dejado un sabor agridulce. Y en parte se comprende. Pero mirándolo bien, incluso con criterio crítico y exigente, la manifestación fue un gran éxito, que repercutirá en el tiempo. Habrá marcado una meta. En primer lugar por el volumen. Seguro que no llegábamos al millón y medio. Ni al millón cien mil. ¿Éramos ochocientos mil? ¿O sólo setecientos mil? Aunque «sólo» hubiéramos sido seiscientos mil.
En la gran manifestación de Martin Luther King en Washington, que marcó un antes y un después en la lucha contra la discriminación de los negros, hubo 500.000 manifestantes. Con gente de todo los Estados Unidos. Repetimos: de todo los Estados Unidos.
Gente seria acostumbrada a evaluar manifestaciones –que también la hay, y que no suele ser ni la Guardia Urbana ni los organizadores de la manifestación, la que sea– han equiparado la manifestación del día 10 con la que según ellos fue la más grande que ha habido en Barcelona, la que se hizo contra la guerra del Irak. Más grande incluso que la mítica manifestación del Onze de Setembre de 1977. Por tanto, fue un manifestación muy grande. En cuanto a la asistencia, estemos tranquilos y contentos. En cuanto a la asistencia, no se justificaría el sabor agridulce.
Se justificaría –y se comprende– por las discusiones y desacuerdos que después ha habido entre los partidos, tanto en el Parlamento catalán como en las Cortes españolas. Pero esto no invalida el éxito y el significado de la manifestación.
Per dos motivos:
Primero: Porque no nos tenemos que obsesionar con una idea perfeccionista de la unidad. Que tan sólo se aplica, aquí y en todas partes, en casos, circunstancias y momentos muy excepcionales. Y casi siempre, cabe decir, muy fugazmente. Y no siempre con éxito por la causa que se defiende.
Segundo (y esto es realmente lo más importante): Lo que muchos centenares de miles de catalanes, una multitud absolutamente fuera de lo corriente, dejaron claro el día 10 es que algo ha cambiado en el sentimiento colectivo catalán. Algo respecto a nosotros mismos y algo respecto a España. Y que este cambio no es superficial ni será fugaz. Ni afecta tan sólo a un sector catalanista radicalizado (políticamente o sólo sentimentalmente radicalizado). No representa una total unanimidad catalana, y es lógico. Pero está muy difundido. Concierne a mucha gente y muy diversa. Mucho más que la del 1 de diciembre de 2007, muy grande también pero ni de lejos tan grande como la del día 10, y sobre todo –y esto marca una diferencia sustancial– mucho más unicolor.
La del día 10 fue una manifestación de tres generaciones –abuelos, padres y nietos–. Es decir, de largo recorrido. Con casi todas las sensibilidades políticas que hay en Catalunya. Y de hecho, también, con mucha gente no de demasiado politizada. Con una presencia de gente castellanohablante sensiblemente más alta que, por ejemplo, en la del 2007. Con presencia del mundo sindical, y no tan solo de las cúpulas dirigentes. Con más gente más radicalizada que nunca (el grito de independencia fue dominante), pero con mucha, muchísima gente que sin serlo tanto dice basta al trato que España nos da. Gente que dice basta.
Y esto permanecerá. Deja marca. Por eso decimos que habrá un antes y un después.
O que puede haber un antes y un después. Que lo haya o no ya no depende de apelaciones dramáticas, pero poco consistentes, a la unidad. Una unidad siempre, aquí y en todo el Mundo, es difícil, a menudo fugaz. Depende de que alguien sea capaz de tres cosas. Primera, interpretar el momento y la tendencia. Segunda, tener suficiente fuerza propia. Tercera, tener discurso y capacidad de generar confianza e ilusión, que son garantías de continuidad. Y suficiente valentía.
A principios de los años ochenta tuvimos el conflicto de la LOAPA, que se parecía mucho al actual sobre el Estatut, del TC, del PSOE y del PP. Se trataba, también entonces, de imponer una visión armonizada de las autonomías, que de hecho consistía en rebajar la de Catalunya. Era una ley pastada y pactada en Madrid conjuntamente por UCD (es decir, el Gobierno español), el PSOE y Alianza Popular de Fraga.
La Generalitat llevó a cabo una batalla potente contra la ley en un triple campo: el jurídico, el político y el de movilización popular. Pero en el país no hubo unidad. El PSC y UCD no se opusieron a ella. Siguieron las instrucciones de Madrid. De hecho, el Gobierno de la Generalitat sólo podía contar con total seguridad con CIU. Y con el apoyo de grupos y entidades de la sociedad civil catalanistas. Y sin embargo, plantó cara, con una manifestación ni de lejos tan importante ni tan global como la del día 10. Pero importante. Plantó cara con determinación, inteligencia y sensibilidad para con la gente. Interpretando el sentir de la ciudadanía. Sencillamente, ejerció liderazgo.
Si hay liderazgo es posible, o probable, que haya unidad. O como mínimo suficiente unidad para ser eficaz. Si no la hay, todas las reuniones, conciliábulos, discusiones y discursos pomposos sobre la unidad serán inútiles.
Y ahora en Catalunya vivimos un momento en el que después de un largo proceso más bien de fragmentación, de multiplicidad, de proyectos aparentemente confluentes pero de hecho divergentes, y en todo caso de liderazgo poco eficaz y por tanto de falta de unidad efectiva, puede haber liderazgo. Habrá liderazgo si se puede disponer de un fuerza política y social realmente importante. Lógicamente no contará con el apoyo de todos. No hay ni que proponérselo porque no es posible. Pero debe ser la fuerza claramente más importante. Y con más iniciativa. Y con más discurso. Y con más capacidad no tan solo de actuar en el tema de la relación entre Catalunya y España, sino también de sacar a Catalunya del atasco económico y social. Tiene que ser también un fuerza generosa. No podrá incluir todas las sensibilidades ni todas las opiniones pero tiene que ser capaz de tenerlas en cuenta. No para mercadear, sino evitando actitudes estrictamente partidistas. Es decir, no debe ser un liderazgo prisionero de las discusiones ideológicas tradicionales y debe pensar sobre todo en el conjunto del país.
Esto es lo que necesitamos. La manifestación queda atrás. Ya ha hecho su trabajo. Ya ha marcado un antes y un después. La relación política y mental con España ya no volverá a ser la misma. Y tenemos problemas muy serios, políticos, económicos y sociales. Y una fuerte presión sobre nuestra identidad, desde la lengua al prestigio y al respeto de nuestras instituciones. Todo esto reclama liderazgo. Y un grado suficiente –y real, no ficticio, ni que falsamente englobe a todo el mundo– de unidad. Que tan solo un liderazgo fuerte puede proporcionar.
Que esto sea realidad se decide en las elecciones de otoño. La pregunta es: ¿quién tiene posibilidades de construir un liderazgo así? Lo bastante fuerte para resistir, pero también para marcar ruta. En la cuestión nacional, y también en la política de cada día. Como corresponde a un régimen democrático, la respuesta será múltiple, pero si el cuerpo electoral no percibe que esta vez el reto que tenemos es dotarnos de una fuerza capaz de liderar en el campo nacional y en el económico y social, caeremos en la indefensión.
En las próximas elecciones de nuevo será importante el voto útil. Hay elecciones que se pueden realizar bajo el signo de la dispersión democrática. Primando la diferencia y el matiz. Hay elecciones, en cambio, en las que respetando la diversidad propia de la sociedad, el buen funcionamiento de la democracia, la defensa del país y el progreso social y económico reclaman que el voto popular haga posible un liderazgo. Haga posible que alguien sea capaz de impulsar el país.
Las próximas elecciones serán elecciones de voto útil.
Y con esto ponemos punto final al tema de la manifestación. Que ya ha hecho su trabajo. Un trabajo que permanecerá en la conciencia de la gente. Y de la que un buen liderazgo debe ser capaz de sacar provecho.