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Que hoy dediquemos este editorial a Ségolène Royal no es por oportunismo a causa de haber ganado las primarias socialistas francesas. Ya le dedicamos el editorial del 16 de mayo. Y en parte también el del 2 de mayo ¿Los progresistas son reaccionarios?”.
Es verdad, pero, que hoy Ségolène Royal está especialmente de actualidad. Y que vale la pena recordar por qué. Recordar por qué ha derrotado a las grandes figuras del Partido Socialista francés. Y por qué tiene serias posibilidades de convertirse en Presidenta de Francia.
Ha sido así porque ha roto los esquemas ideológicos del socialismo francés, e incluso del pensamiento y de las actitudes del conjunto de Francia. Y aún ha introducido una manera nueva de hablar a la gente. Y una ilusión nueva.
Un lenguaje y unas propuestas que la izquierda tradicional francesa –y gran parte del aparato socialista- tildaron con desdén de social-liberales, o incluso de neoliberales, o peor –todavía- de blairistes. Pero que responden mucho más a los problemas y desazones de la gente, y a los retos económicos y sociales del país que los argumentarios encarcarados de la izquierda francesa, y en buena parte de la derecha, también prisionera de una carcasa intervencionista y estatalista, muy rígidas.
Ségolène Royal ha planteado con valentía temas como el de la familia, el de una educación más exigente, el de la integración de la inmigración, el de la seguridad, el de la moral del esfuerzo, el de que tiene que haber derechos pero también deberes, etc. Es decir, todo lo que durante mucho tiempos la hegemonía de una ideología autodenominada progresista ha menostenido. Y ha mirado de entender los problemas de la gente y sus miedos. No para sobreprotegerla, sino para darle más y mejores herramientas para superar estos miedos.
Ha dicho todo esto, en principio contra la corriente y no se ha quemado. Probablemente porque en Francia es muy evidente que hace falta un corriente d4 aire fresco que permita superar el desconcierto que hay, el estado de ánimo gruñón y el escepticismo hacia la política y los partidos. Francia necesitaba que alguien rompiera la repetición somnolienta de viejos dogmas y de actitudes resignadas. Ségolène Royal lo ha hecho.
Justo es decir que también lo ha hecho su probable contrincante en las presidenciales, Sarkozy. También ha roto el corsé ideológico de la sociedad francesa, immobilista y encorsetada, y ha propuesto reformas atrevidas, de ruptura del encorsetamiento. Como decía un comentarista italiano “con Ségolène y con Sarkozy el país (Francia) de la revolución y de la conservación podría ser que hubiera descubierto las ventajas del reformismo”. Por cierto que tanto Ségolène Royal como Sarkozy no esconden que en buena parte –los dos- se han inspirado en Tony Blair con gran escándalo, sobre todo, de buena parte del Partido Socialista.
Añadamos en el activo de Ségolène Royal otra cosa: ha introducido emoción e ilusó su propuesta. Ha tocado fibras íntimas de la gente. Y esto es importante, porque como decíamos en el editorial del próximo pasado día 14 no se construye nada (tampoco en el campo colectivo) sin sentimiento. Sin un buen equilibrio entre racionalidad y emoción. Parece que Ségolène Royal este equilibrio lo tiene.